Ayer fué 12 de julio, es el cumpleaños de Neruda y generalmente los chilenos lo notamos.

La poesía de Neruda fue bastante popular, cualquiera conoce sus poemas de amor.

Yo conocí a mi marido cantando en un coro que tenía de repertorio el Canto General con música de Mikis Theodorakis y que fue a Chile a participara en una actividad en contra de la dictadura.

El coro era malísimo. Todo hay que decirlo.

Y sin embargo… el 12 de julio es para mi el cumpleños de mi papá.

Recuerdo sus bromas con respecto a la coincidencia y recuerdo su amor a la poesía.

Eran los tiempos en que aún no era moda no gustar de Neruda y mi papá lo recitaba a voz en cuello.

No creo tampoco que le importara lo que los críticos literarios, ni los amigos de la cultura dijeran de la poesía del premio Nobel hoy en día. El era un original. El pobre.

Si, mi viejo es culpable en un 90% de mi manera de buscar no acomodarme aunque ya se haya convertido en un rasgo neurótico el asunto, el responsable de mi no querer gustar por gustar y también de mi creer que si soy, yo sola, sin que nadie me lo confirme. Sin ningún talento especial que mostrar: Yo soy.

Si pienso en él, a parte de los poemas de Quevedo o de sus intentos de aprenderse de memoria el romancero gitano, o pensar en el niño muerto de miedo frente a la madre loca, a parte de los últimos años horribles de su enfermedad y de nuestra desolación al vivir en un país del horror con torturas y desaparecidos que parecían pasar como sombras sin tocarnos pero helándonos la sangre, a parte de la inmensa dignidad en momentos impensables que su figura hasta hoy me regala, si pienso en el señor que fue mi padre, el que aprendió que mejor que la caridad era la solidaridad, si pienso en él, lo pienso dando saltos en una coreografía que se inventó el solo y que usaba con música de Miriam Makeba.

El viejo pretendía que nos saludáramos así en cualquier parte.

Hoy que mi sobrina se acordó que ayer Neruda cumplió años y que Sabina canta “amo el amor de los marineros”, yo pienso en mi papá y me voy a bailar su famosa coreografía en cuanto llegue Adrián del colegio.

Por lo menos eso que quede de él: el Patapata.

Dicen que la gente no se muere mientras alguien piense en ella. No me queda otra que creer en esto firmemente.

Como siempre los recuerdos de mi padre y mi padre mismo, se convierten en una tormenta eléctrica en mi cerebro, al ritmo del patapata.

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