Últimamente me he dedicado a perder amigas vía Chat. Esto porque cada nuevo medio tiene su ritmo y sus limitaciones, y cuando no los dominamos estos terminan dominándonos a nosotros. Es un poco como era antes irse lejos y depender solo del teléfono. Llamabas y necesitabas 15 o 20 minutos para crear el ambiente de confianza que habrías tenido si nos hubiéramos podido ver manos, ojos y movimientos, y quien sabe que más, de todo lo que se tiene en un encuentro personal.

Esto con el Chat me trajo una reflexión envuelta en un recuerdo. El recuerdo de mi madre.

Cuando yo estaba en la edad de las amistades profundas y apasionadas, de la niñez, entrando en la adolescencia mi Mamá me llamó y me preguntó si realmente creía que la niña con la que iba y volvía del colegio era mi amiga. Quería explicarme en teoría que la amistad la prueban los años, me contó que talvez con suerte se llegaba a tener un verdadero amigo en la vida. Me contó que en la práctica, ella había tenido una amiga y que por eso se consideraba una persona afortunada. La única amiga, porque era la única que se había probado en el tiempo, es decir, en los acontecimientos de la vida. Resumiendo, que yo no sabía lo que decía cuando nombraba la palabra amistad.

Amistad es algo que solo se reconoce a través de los años y las experiencias en común. Hay que tomarse tiempo, hay que vivir en común.

Me dejó el concepto de “verdadera amistad” y la claridad de que hasta la amistad necesita paciencia y cotidianeidad.

Lo más bonito de esta historia es que el motivo de esta conversación, esa amiga de la infancia es hoy como en ese momento mi amiga. Yo lo defino así: yo meto las manos al fuego por ella, no porque crea que no me las quemaría, sino porque si así pasa, bueno que se le va a hacer. O sea yo sé que no somos perfectas, y nuestra amistad tampoco, pero no importa.

La conversación con mi madre fue el origen de una reflexión, y de una perspectiva de la vida que me acompaña, haciéndome sentir afortuna por la existencia de la amistad. Y recordándome lo importante que es no querer apurar procesos que tienen su propio ritmo. La madurez tiene sus ventajas.

Como me sentí muy triste de ver la distancia insalvable que existe con algunas amigas, volví a pensar que mi Mamá tenía razón, que a veces es un problema de falsa apreciación y que me basta una llamada para volver a sentirme afortunada y privilegiada por haber tenido la oportunidad de su existencia.

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