Juanito era rubio y de ojos azules, todo el mundo lo encontraba tan bonito. La gente en la calle le llamaba el ruciecito, y lo miraba con simpatía.
Y no solo eso, Juanito tenía además un nombre raro, distinto ¡Lutschbombón! ¡Uf! A Juanito le encantaba decir que se llamaba Lutschbombon. Tanto le gustaba que para hacerlo más impresionante, un día cuando la profesora pasaba lista, la corrigió diciéndole: VON Lutschbombom, por favor.
Sus compañeros de curso no lo encontraban de lo más simpático el tic que a Juanito le dio con esto del nombre, pero Juanito era simpático y buen compañero. Así es que trataban de evitar el tema y ya.
Los papás de Juanito decidieron un día mandarlo de intercambio a Alemania. Si le gustaba tanto esto de sus raíces alemanas, entonces que fuera y aprendiera un poco del idioma. En realidad el director del colegio era el más entusiasmado con que su escuela tuviera “relaciones internacionales”, como el explicaba, a quién quisiera escucharlo.
El paso por la aduana y el viaje hasta la casa de la familia que lo acogería, Juanito no lo hizo con plena conciencia. Estaba súper excitado y al mismo tiempo empezaba a sentir miedo. La gente era simpática y se reían mucho con él, pero él ya empezaba a echar de menos, y tanta risita le molestaba.
El primer día de clases, la profesora dijo mirándolo: “Kinder, hier unserer neuen Mitschüler! Wir haben schon über Namen in anderen Länder gesprochen, und wir möchten höfflich bleiben. Und jetzt: Wie heißt Du?“ Juanito entendió que ahora le tocaba a él y dijo: Ich bin Johanes von Lutschbombon. La clase empezó a reírse, se revolcaban de la risa, nadie podía parar de reírse. La profe lo miraba con los ojos enormes y sin saber que decir. Cuando reaccionó pidió a los niños calma y mostró enojo. Juanito se quedó triste, sin entender nada de nada. Una cosa era sonreírle y otra muy distinta reírse de él. Algo no funcionaba.
Juanito no salió corriendo, aguantó. Y en la pausa la profesora con ayuda de un diccionario le explicó lo que su nombre significaba “Chupacaramelo”. Y a Juanito le dio una rabia con pena que lo dejó llorando harto rato. Pero entonces se le ocurrió que la única salida era convertirse en el jefe de una fábrica de dulces, eso si, en su país aquí con estos alemanes no había nada que hacer. Y eso fue exactamente lo que hizo. ¿Tu conoces los CHUPAchups?

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