En Santiago de Chile no se respetan las paradas de los buses. Uno estira la mano con el dedo índice tieso, y listo, el primer bus al que le hagas la seña esta, te para.

A veces los buses van en carrera para llevarse la mayor cantidad de pasajeros posibles, a veces hasta se los llevan por delante. Pero se los llevan. Los arrastran más bien. Y se convierten en las famosas víctimas de la libre competencia.

Y el asombro de los chilenos es siempre grande cuando descubren que los españoles, si tienen paradas de buses, y hasta los italianos las tienen. Si se llegan a enterar de que hasta los bogotanos respetan sus paradas de buses, no van a saber más en que mundo viven. Que en Alemania existan hasta horarios de Bus cada 5 minutos es una cosa pero… ¡los españoles! Y no que éramos parientes… donde queda la latinidad.

Es casi como cuando te enteras que prácticamente la única ciudad, capital de un país que tiene una sola estación de trenes, y no cuatro, la del sur, la del norte, etc. Es Santiago. Seis millones de habitantes y una estación de trenes: la central.

Yo pasé la plancha, o sea la vergüenza, cuando compré mi pasaje de tren a París y mi amiga que me esperaba allá me pregunta al teléfono: ¿y? ¿A cuál Estación llegas? Y yo sin darme cuenta de nada respondí: ¡a la Central, será!

Justo la que no existe, habiendo varias.

Una sola usadita de la locomoción colectiva en Santiago y no se tapa ni con estuco, el rayón en la fachada de país serio que andamos vendiendo en el extranjero.

Lo peor es que no solo el chofer es el difícil de convencer, sinó también son los usuarios los que con gusto levantan el dedito entre paradas. Llegar, pararse y levantar el dedo, contra mirar el reloj, ver el horario, elegir la ruta, esperar y en una de esas hasta hacer cola. No conviene. Además el ideal es tener auto. Somos, con ciudad de México, los con mayor contaminación del aire del continente, ni Caracas… pero qué le hace el agua al pesca’o?!

Si sales del país, terminas adaptándote, por más absurda y molesta que te parezca esta costumbre de los horarios de buses y los paraderos definidos. Aunque a lo mejor con un poco de exportación no tradicional, y porfía conseguimos lo contrario.

Como la existencia de un horario y un plan tienen la desagradable consecuencia de que haya un “último bus de la noche”, mi hermano se encontró junto a un amigo corriendo por Madrid para alcanzarlo. La fuerza de la costumbre y la desesperación les hizo levantar la mano, a pesar de estar a mitad de la calle. Entre paradas. Y ahí estaban, sin ilusión pero con el dedito parado.

Casi no se la creyeron cuando el bus, con un majestuoso movimiento se les acerca y les para. Las puertas se abren. Pagan y se sientan. Esta vez, se salvaron. Piensan.

– ¡Que suerte, compadre que nos parara a mitad de camino!

Una frase demás. El chofer los miró por el retrovisor. Eran los únicos en el bus. Les sonrió y les dijo:

– ¡Chih! Creíh que si no juera chileno, leh abría paráo antes del para’ero.

Ya se sabe, dios los cría y ellos, hasta en Madrid se encuentran.

(Este texto es una especie de respuesta a este otro de Mauricio)

CODA: por ahí me dicen que la cosa del Trasantiago va a cambiar los hábitos de los chilenos. Miren el dibujito de Leo Rios aquí

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