Yo no voto aunque lleve 18 años en Alemania porque, al contrario que en Chile por ejemplo, los extranjeros no tienen derecho a voto. En realidad no he votado nunca, porque cuando se realizó el plebiscito con él que él innombrable, se hizo para el lado en mi país, yo decidí no inscribirme y por lo tanto no pude votar. Las sacadas de cuentas de los partidos políticos en relación a participar o no, me tenían aburrida y yo seguí mi conciencia. No tengo la impresión de haber sido necesaria ni en esa época, ni ahora.

Pero el tema de la democracia y de la democratización, de la vuelta a las democracias y de la ampliación de la democracia, de la transición a la democracia es algo que me persigue, como a la bailarina rusa de “La consagración de la primavera” de Alejo Carpentier. Esta se arranca de la revolución rusa, para enamorarse en París de un francés que va a la guerra civil española con las brigadas internacionalistas, donde lo matan y ella conoce a un cubano, segunda guerra mundial de por medio, rematará en medio de la revolución cubana. Siempre tratando de mantenerse al margen, siempre tratando de hacer su vida sin la política. No podrá.

Yo no soy de derecha, es más soy de izquierda. Es decir, fluyo en el río de acontecimientos históricos que llamamos la “izquierda”. Me hago cargo. Pero el día que asumió su puesto Angela Merkel, la primera canciller MUJER de la República Federal Alemana, una mujer de la CDU, la democracia cristiana alemana, es decir de derecha, y por quién espero mi marido no haya votado (al respecto tengo una duda que tiende a ( –) infinito, disculparán pero el cero se me queda corto), senté a mi hijo frente a la tele y le dije: esa es la primera mujer en ese puesto en la historia de este país, este es un momento histórico y fíjate bien, porque así se amplía realmente la democracia.

Ayer, 6 de marzo, con motivo del aniversario del Ministerio de la Mujer aquí en Alemania, la tipa se lanzó una frase que me hizo pensar en Bolivia, donde, antes de que me alcanzara mi destino de dueña de casa alemana, y/o a mi se me acabaran las fuerzas para luchar en contra, en mi práctica profesional conocí un par de mujeres sindicalistas y sus historias.

La Merkel dijo que para que una mujer llegue a ocupar un puesto como el de Alcalde de la ciudad de Frankfurt, los hombres debieron estar convencidos de que no se podía ganar.

Justo así llegaron esas dos sindicalistas bolivianas a los puestos en que yo las encontré. A una de ellas, dirigente de los empleados de la Universidad, la habían inscrito en la lista porque faltaban nombres y ella se enteró por un parlante que iba en ella. Nadie le preguntó si quería. Otra era una obrera a la que encerraban con candado los domingos el dueño de la fábrica. A esa la necesitaba un sindicalista nacional para mostrarla frente a un ministro y la hizo elegir por las otras como representante. Lo que pasó después no se lo esperaron los hombres, la sorprendida, habló con su marido, quien la apoyó porque los niños ya estaban grandes y ella asumió su cargo, porque ¡salió elegida!!! Y la segunda, una chica joven a la que sus padres le cuidaban el niño que tuvo soltera, le dio por informarse y llegar a la cita con los del respectivo ministerio con ¡una opinión propia y metas de su grupo de trabajo!! En ninguno de los dos casos los sindicalistas se alegraron, pero tuvieron que asumirlas. ¿Qué será de ellas? No sé, porque yo tuve un hijo y la vida en un país donde hay 3 niños por un lugar de sala cuna no es un dulce en la boca menos siendo extranjera y yo, lo reconozco, no soy una luchadora. Les perdí la pista.

“Cuando cayó el muro, yo estaba preparada para cualquier cosa, había estudiado Física, siempre trabajé entre hombres, pero que el tema de las mujeres iba a tener otra vez significado en mi vida, realmente nunca me lo esperé.” Dijo ayer la Sra. Canciller de la República Federal de Alemania. A ella como a la de la novela, como a mí, un tema nos alcanza. El de ser mujer la alcanza, la alcanzó, nos alcanza y nos seguirá alcanzando aunque arranquemos. En una de esas si el tema lo hubiera sido un poco antes para muchas de nosotras, a lo mejor nuestras hijas no tendrían tanto que luchar como nosotras mismas, simplemente para tener el derecho a buscar la felicidad. Lo que, de paso, liberaría también a la otra mitad.

Anuncios