Egoistón Fuenzalida, Egon para su mamá y familiares cercanos, tenía el problema de no poder ponerse en el lugar de otros.

Si alguien decía voy a cocinar, el respondía: “no tengo hambre”. Y si le regalaban un juego cualquiera no le gustaba tener que repartir piezas o compartir dados. A Egoistón Fuenzalida le gustaba la paz del hogar, de SU hogar y ya.

Por esto mismo, su mamá que lo quería bien, decidió inscribirlo en algo en lo que tuviera que aprender a compartir y convivir con otros. Egon, le dijo, ¡te inscribí en fútbol! Y Egon respondió: Yo voy, listo nomás, pero yo no llevo la pelota.

Lo primero que pasó, llegando al entrenamiento, es que se descubrió que Egoistón era una maravilla de habilidad futbolística. Cuando agarraba la pelota no había forma de quitársela. ¡Qué manera de correr!, ¡qué manera de jugar con la pelota!, mareaba a cualquiera.

El problema se presentó cuando se trataba de meter goles. El quería meter todos los goles, no dejaba a nadie más, incluso le quitaba la pelota al contrario frente a su propio arco y metía los goles él. O sea, autogol, pero de Egoistón.

Incluso cuando lo ponían de arquero, era genial, hacía contorsiones y saltos nunca vistos para quedarse con la pelota, lo malo es que no la devolvía y se acumularon todas las que había en su arco y ya no se pudo seguir jugando.

El entrenador tuvo que reconocer que no había nada que hacer y lo sacó de la cancha. Muy a su pesar. Que los demás alegaran que no dejaba jugar a nadie, era una cosa, pero lo de los autogoles era inaceptable.

Egoistón siguió yendo a los entrenamientos, es que a parte de egoistón también era cabeza dura. Y además tenía la esperanza de por lo menos quedarse con las pelotas que salían fuera del campo de juego.

En fin, así llegó el tiempo de los torneos y su equipo llegó a la final de las finales. Y Egoistón en el banco de los suplentes de los suplentes. El último partido (de los últimos). Ya no quedaba más tiempo, se estaban jugando los descuentos y les faltaba un gol para coronarse campeones de la provincia.

Era una decisión de segundos y el entrenador sabía que Ego lo lograba, pero si lo ponían cerca del arco contrario, el riesgo de autogol era latente. El entrenador se la jugó, hizo entrar a Egoistón justo en un corner, Egoistón voló y metió la pelota en la primera red que pilló, afortunadamente la del equipo contrario. Esta vez nadie le discutió la pelota. Ahora, llevarse la copa del campeonato pa’ la casa fue lo que definitivamente terminó con su carrera de futbolista. ¡Y con lo talentoso que era!

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