Cuando era chica viví en medio de periodistas, un estudiante de literatura inglesa y sociología, y hasta un aspirante a escritor teatral y/o director y un pintor frustrado aficionado a la poesía medieval. Ooooh! que fantástico que suena, pero así es nomás y ellos determinaron cual sería mi consumo literario. No creo que hayan pensado en mi como alguien a quien educar literariamente.

No recuerdo haber comprado nunca un libro, pero recuerdo haber recibido de mi padre un libro con dedicatoria de él, claro, de poemas de Gabriela Mistral.

También recuerdo la pared del escritorio de mi padre llena de libros y yo frente a ellos. Cuando mis hermanos se fueron al exilio la pared se amplió y creció en todas direcciones. Y seguí sin comprar libros.

Una de las manías que me quedó de esa época es mirar entre un montón de libros y descubrir, sin leer los títulos, el que busco. Pueden pasar años sin verlo, pero yo reconozco el libro igual, si me ponen a buscarlo.

La biblioteca de mi padre no tenía ningún orden, ni ninguna meta, pero me enseño que el libro es un medio y no un dios, ni menos un símbolo de status, ni menos leer era asegurarse la cultura.

Los libros eran papel lleno, y algunos logran hablarte y otros logras entenderlos, pero los libros como la vida pasan, porque para mi los libros son un reflejo de este mundo en algún alma de escritor por ahí.

Mi muro de libros es un recuerdo de infancia, ese muro me ayudó a crecer y a integrarme al mundo de los adultos, era el lugar donde busqué muchas veces entender de que hablaban.

Muchas veces leí escondida de mi padre para el que los libros habían sido un lugar de refugio de una madre loca y un padre ausente y sádico, y el tenía miedo de que yo terminara como él usándolos como drogas. El se escondía arriba de un árbol, con azúcar y “los tres mosqueteros”. Cuando su padre lo encontraba le tocaba enfrentar el castigo, siempre original de mi abuelo. Por ejemplo una vez le tocó llevar al cuello colgando un terrón de azúcar durante un día entero. ¡Pobre! Seguro que Harry Potter le habría gustado mucho.

Me quería proteger, por ejemplo, de Knut Hamsun el noruego premio Nóbel, y yo sentía más curiosidad aún por leer “Hambre”. Lo leí de pié haciendo como que escogía algún otro libro o que estaba leyendo la enciclopedia. Y claro que sentí compasión de ese fracasado, pero mi mundo quedaba a años luz del de él y ni siquiera me rozó, mi padre no tenía razón para temerle.

Así mismo leí “100 años de soledad”. Parada frente al muro y saltando de un capítulo a otro. Mi prima lo leía para el liceo y yo haciéndome la tonta me fijaba en que parte iba para revisar la escena en casa. Mi padre consideraba mi edad muy poca para leerlo.

Leyendo frente a una muralla el resumen de tres bibliotecas se me pasó la adolescencia y aprendí a tenerle cero respeto a los libros, que solo son papel y en cambio le tengo un tremendo fervor a la literatura. Pero también a un buen texto escolar.

No puedo dejar de parlotear si encuentro alguna cosa que me dé en el pecho. La conmoción que me provoca el encuentro de algún tesoro entre los miles y miles de volúmenes publicados en estos años desde que se inventó la imprenta es una sensación de alegría y suerte, de haber “entendido”. Como en la lista de placeres de Brecht.

No me gusta conservar libros, los libros están para ser leídos y rodar. Solo conservo los que no puedo soltar. Soy buenísima para soltar, y tengo una terrible capacidad de clasificación. Se perfecto que voy a conservar y que seguirá su camino. No siento pena, ya lo volveré a encontrar si eso es lo que quiero.

Lo único que no me pasa es considerar algo que está escrito como sagrado. Yo sabía perfecto que entre un autor y otro siempre hay espacio para más.

La literatura no salva, no cura, no es un milagro, es simplemente un mundo que nos espera entre millones de páginas para envenenarnos y matarnos, tanto como para sanarnos o salvarnos, para abrirnos los ojos o cerrárnoslos. Para distraernos de lo importante o para aclararnos que es lo que de verdad lo es. Y la mayoría de las veces ni lo uno, ni lo otro.

Cuando me vine a Alemania decidí que no acarrearía nada, que no quería que nada me pesara y me traje solo lo indispensable y lo que pude porque me dejaron (mi mamá y los saqueadores de bibliotecas de mis hermanos).

Me traje:

“Opiniones de un payaso” de Heinrich Böll , como entender este país sin leer ese libro

Un libro de Poemas de Gabriela Mistral, el regalo de mi padre

“Contrapunto” de Aldous Huxly, de mi hermano mayor, un estudio del ser humano y su carácter

“El decamerón de Bocaccio”, quien me iba a decir que aprendería algo de italiano por acá

Y mi amadísimo “la consagración de la primavera” de Alejo Carpentier

Además de un par de libros de química y matemáticas para hacer clases si era necesario.

Me faltaron “Hamlet” y “Alicia en el país de las maravillas”, porque solo su traducción al castellano, esa que yo conocí de niña, me satisfacen la sed que a veces yo siento por ellos.

Y si ahora me fuera me llevaría además:

“La hija del caníbal” de la Rosa Montero, porque sé de transiciones mal paridas

“Los marineros rojos”, porque me enseñó que todos los niños nacidos en tiempos de revoluciones somos hermanos y

“Vuela! escarabajo de Mayo”, y “dos semanas en mayo” de la Nöstlinger porque nadie es capaz de explicar la segunda guerra mundial como esos libros, ni el llegar a convertirse en mujer sin tener alternativa.

“Léxico Familiar” de la Ginzburg, porque algún día la voy a copiar entera, porque es la mejor manera que conozco de contar la historia de mi familia.

Y algunos de ciencias políticas y de idiomas, por si tengo hacer algo rapidito para ganar dinero.

Ya se ve que también un post de blog aguanta cualquier cosa. Se acerca el minuto del post en blanco a pasos agigantados.

ATENCIÒN! Hay Coda: a Weltklang se le ocurrió pensar en Fahrenheit 451, donde cada persona debía ser un libro para poder conservar las historias, pues los libros estaban prohibidos.

Y me parece que si yo lo fuera, si yo fuera un texto, querría ser “Hamlet”. Al menos su diálogo con el padre de Ofelia, sobre como aprender a tocar el alma de un ser humano es mucho más dificil que aprender a tocar el Caramaggio.

Y uds.? qué querrían ser?

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