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Les seré breve: No estoy hasta septiembre. Pásenlo bien y échenme de menos.

Ahí les dejo el café, el té y el mate. Si quieren otra cosa busquen a ver si encuentran.

Beso.

Introducción a la neurosis

Los que me conocen, saben que no me gusta viajar. Especialmente si no es a ver a alguien a quien quiero, a alguien que me significa, a alguien que me invita porque le intereso, a algún ser humano al final del camino de ida. Entonces me muevo, porque no soy floja, no es eso.

Ponerme en la posición del turista tiene para mí dos posibilidades: Voy y le friego la pita a los que residen el año entero en el lugar al que voy, con conciencia, pero con cierta dignidad y distancia natural, lo que no es fácil, o me trato de mimetizar.

¿La segunda alternativa? ¡Es que ni lo trato! No lo lograría. Además me causan horror los que, por ejemplo, se van a casa de los nativos, para conocer el lugar desde “cerca”… me parecen como esa gente que se camufla para ver mejor la vida de los pájaros. Nunca serás pájaro, pero te entretienes y aprendes. No es consuelo para mí.

I El verano alemán

Estos últimos años he sido turista muchísimas veces, muchas de ellas por España. Allí he ido dentro del mar de alemanes e ingleses, principalmente. Los guiris y yo, la sudaca.

Muchas veces me pregunto como logran sobrevivir y tener una vida normal las gentes de Barcelona, Roma o Paris. ¿Los ignoran?¿Cómo? El turismo es una empresa en la que muchos de sus habitantes encuentran trabajo. Y claro que hay turismo y turismo, pero seguimos siendo ajenos los que les caemos. Porque aunque mis alemanes quieran creer que comprando casa en la costa mallorquina dejan de ser turistas, yo sé que están super equivocados. Y aunque vayan al “Bosch”, un bar en Palma de Mallorca, y pidan un par de tapas, nada chicos, uds. como yo: ¡turistas!

No todos veraneamos igual, ‘ta claro. Algunos deciden viajar por bosques y ríos, por la profundidad de las tierras y países a donde van, sin tanta gente turisteando a su alrededor, en otra actitud, por así decirlo: Turistas por los campos.

Muy de moda está también el camino de Santiago. Se hace- claro- el tramo que se puede y luego se escribe un libro, o por lo menos se ofrecen tus experiencias espirituales al respecto en charlas o cursos, por un módico precio. Yo lo encuentro super, siempre que el acento se ponga en “personales” y no en “España”. Ay! estos turistas.

De muy buen tono es irse de veraneo a alguna cabaña en la costa sueca o noruega. No usar el avión con el auto se ensucia menos, dicen. Como puede lloverles las vacaciones enteras- igual que podría pasarles acá- se presupone que de verdad van allá porque les gusta disfrutar de la naturaleza y viajar lento, y no llegar el mismo día. Se van viendo cambiar el paisaje y convertirse una naturaleza en otra. Hay además menos gente, y menos calor, todo eso es muy agradable, e indica cultura y nivel. No cualquiera puede pagar los precios de unas vacaciones sin sol. ¡Turistas!

Pero existen la otras dos fracciones de turistas alemanes conocidas y fuertes, la primera es la “fracción mallorquina”, caracterizada toscamente como de conservadora y sin grandes ambiciones culturales. Representada por Boris Becker, y otros jubilados de mayor edad y menor cuenta bancaria, así como por la montonera de jovencitos con ganas de fiesta y que van a la oferta barata que también la hay, eso si, al otro lado de la isla. No por ser vacaciones vamos a mezclar, oye.

A su contraria, la “fracción toscana”, se la caracteriza como alternativa y de izquierdas, con dinero y ambiciones culturales. Allí tienen casa algunos “Verdes”, por ejemplo, Joschka Fischer, el ex- ministro de Relaciones Exteriores. El joven profesional exitoso veranea en la Toscana.

Son clasificaciones, ojo. Pero basadas en ciertas realidades.

En cuanto al turismo del “all inclusive”, no creo que se haga por convicción, creo que es el turismo de aquel que no tiene más que para eso. No seré yo la primera en apedrearlos. Bonito o bueno no es, ni para ellos, ni para el lugar donde caen, pero un poquito de sol y relajación de las reglas sociales que los rigen en su país, si reciben.

II Y cómo andamos por casa?

Yo, por mi parte, vengo de un país con muy poco turismo, y son más bien los turistas los que nos ignoraban a nosotros para dedicarse a mirar la cordillera, o disfrutar de lagos y ríos y mar y naturaleza. Tengo una amiga colombiana que le llama a esto “el síndrome de Humboldt”. O sea, todo sobre la naturaleza y el entorno, con estadísticas en mano, pero no ven a los que habitan esas tierras. Creo que así puede ser hasta mejor, porque para mi el problema viene cuando los primermundistas se creen que “conocen Chile”. O cuando una es una especie a observar, especialmente en cuanto al quehacer político y sus orígenes y consecuencias. Sin conocer la historia. A capella como se dice. Provecho!

Para serles sincera, también he conocido chilenos que dictan cátedra sobre los alemanes, que son más de 80 millones de personas a clasificar, después de un fin de semana por acá. Turistas ellos.

Yo este año deseo partir al sol y el campo, a la piscina y al habla francesa. Este año me voy, invitada por unos amigos, al sur de Francia. Yo deseo ir tranquila y humilde a ocupar mi lugar de afuerina bajo el sol. Voy a tomar el café y leer un libro, a cambiar mi paisaje cotidiano por el cotidiano de ellos, y darme una vuelta por los museos, y tomarme un buen vino. A conversar hasta altas horas de la madrugada con mis amigos- alemanes- y a dejar pasar el tiempo en su compañía. No me hago la ilusión de conocer a los franceses y hacerme de amigos Express, no habrá tiempo para ello, y en la amistad Express no creo.

Voy a leer un poco del lugar al que voy, pero con disciplina elegiré solo un par de las “atracciones”, voy a descolgarme de todo por 10 días. Más no hay queridos. Seré una turista, pero modesta. Tratando de no hinchar, que los francese también tienen corazón, oye!

Nada de grandes metas, no porque no quiera, sino porque ya sé que de todas maneras, no me alcanzaría la vida entera para conocer realmente una sola ciudad y ni hablar de un solo país. Sin ir más lejos, ya no conozco ni la ciudad en la que nací, o mejor dicho, no la reconozco si la veo. Y me he demorado 18 años en sentirme cotidiana en esta otra dimensión de la realidad.

III La canción del verano

Señoras y señores, con uds. desde Paris el colombianísimo… Yuri Buenaventura!

IV Y si insiste en tratar de no ser turista, pues muera en el intento:

Dele aquí Click Estas recomendaciones vienen de la página de  José Joaquín, que las linkeó con fines comerciales, dice. Si miran en su página, además de buenos relatos, encontrarán más sobre el tema.

 

Los seres humanos pertenecemos al reino animal. ¡Qué duda cabe! Y si alguna teníamos, es cosa de que nos saquen de nuestro habitual lugar de vida y nos tiren sin más a otro conglomerado de bichos, con otros parámetros de convivencia, con otro sentido del humor o simplemente con otras otredades.

El asunto se parecerá mucho a una gallina nueva en el gallinero. Algún picotazo se recibe al paso. Existe una especie de revuelo y molestia general, que después de unos días y si la gallina lo sobrevive, todo se tranquiliza y se reestablece la convivencia más o menos como antes.

Me acuerdo patente cuando mi hermana me pidió que no dejara más el cabezal de la ducha para el lado, me dijo que sabía que era una tontera, pero… no es mi ducha, no están acostumbrados a las huellas de mi presencia. Soy la otra de mi familia, hace rato.

Este fin de semana me fui de paseo al pueblo de una amiga, yo que soy citadina al cuadrado me sentí como se debe sentir un japonés en Europa, todo precioso pero ninguna relación conmigo. El pueblito es un cuadro, y la casa de su padre increíble. Hasta los pueblos medio abandonados en este país se ven dignos y cuidados, hasta las telarañas me parecen correctamente puestas en su lugar. Como si nos estuvieran esperando para que los habitáramos. Me pareció increíble mi normal obcecación por vivir en las ciudades, existiendo estos lugares tan cerca.

Igual persistía la sensación de que el pueblo de 800 almas con su panadería abandonada, era más lejano a mi infancia y a mi origen que nunca, pero no puedo negar que una vez estuve en un pueblo de la zona central en Chile y salí arrancando por esa sensación de gallina en corral ajeno. O sea, no sabía si era el campo o lo alemán lo que me era tan ajeno.

En este pueblo alemán visité los lugares de infancia de mi amiga. La casa de su padre acaba de cumplir cien años de construída. Los cerros y sus viñedos, los panales de abejas, los árboles frutales, la escuela, el gimnasio, el jardín infantil…

La madre de mi amiga no es del pueblo. Es decir, llegó a él con nueve años, huyendo de una guerra de la que solo a veces habla y de la que sus anécdotas, demasiado cuidadosamente elegidas, nos hacen intuir muchos más sufrimientos de los que le gusta reconocer. Especialmente me doy cuenta, porque lo normal es que los alemanes destaquen lo mucho que sufrieron ellos, ellos, ellos y ellos en la guerra, cuanto se les da la primera oportunidad. Ella no.

Ella viene de lo que hoy es Polonia, y dice haberse hecho otro hogar por estos lados y haber sido tan chica cuando se desterró, que no tiene la nostalgia que me atribuye a mi sin más ni más.

Caminando por las calles medio desiertas- hace calor, es verano- de pronto se detuvo frente a un jardín y mirándolo me dijo: “esta era nuestra huerta, mientras fuimos jóvenes y teníamos la panadería, y las niñas estaban pequeñas”, e indicando más allá con el dedo, siguió contándome: “y allá vivía un vecino que me venía a explicar todos los días qué y como debía plantar y cuidar la huerta”. Yo pensé: “qué amable…”. Me siguió contando, “ellos estaban tan orgullosos de la suya…una vez mi marido fue y compró tomates en la tienda de la ciudad más cercana y los colgó de mis plantas, solo para verles las caras de asombro de que yo, yo, la extraña tuviera ¡los primeros tomates de la temporada! ¡JA!” Como mi risa sincera la animó, me siguió contando: “otra vez, le pidió al beato del pueblo que por favor le avisara, en cuanto supiera de la fecha exacta del fin del mundo, este le contestó, ni corto ni perezoso que pa’qué? si igual se iba seguro al infierno, por no ir nunca a misa, y el le dijo: “¡no, si es pa’ saber si debo seguir con este trabajo de mierda en esta huerta, o si ya no vale la pena!” Era su manera de solidarizar con su mujer, la extraña del pueblo. Y ella lo sabía.

Hay gente que no nació para sufrir en silencio, gente que se diferencia de las gallinas porque se ríe, que se atreven a faltarles el respeto a la tradición, porque saben que una cosa es adaptarse y otra claudicar y morirse directamente un poco con cada picotazo.