Los seres humanos pertenecemos al reino animal. ¡Qué duda cabe! Y si alguna teníamos, es cosa de que nos saquen de nuestro habitual lugar de vida y nos tiren sin más a otro conglomerado de bichos, con otros parámetros de convivencia, con otro sentido del humor o simplemente con otras otredades.

El asunto se parecerá mucho a una gallina nueva en el gallinero. Algún picotazo se recibe al paso. Existe una especie de revuelo y molestia general, que después de unos días y si la gallina lo sobrevive, todo se tranquiliza y se reestablece la convivencia más o menos como antes.

Me acuerdo patente cuando mi hermana me pidió que no dejara más el cabezal de la ducha para el lado, me dijo que sabía que era una tontera, pero… no es mi ducha, no están acostumbrados a las huellas de mi presencia. Soy la otra de mi familia, hace rato.

Este fin de semana me fui de paseo al pueblo de una amiga, yo que soy citadina al cuadrado me sentí como se debe sentir un japonés en Europa, todo precioso pero ninguna relación conmigo. El pueblito es un cuadro, y la casa de su padre increíble. Hasta los pueblos medio abandonados en este país se ven dignos y cuidados, hasta las telarañas me parecen correctamente puestas en su lugar. Como si nos estuvieran esperando para que los habitáramos. Me pareció increíble mi normal obcecación por vivir en las ciudades, existiendo estos lugares tan cerca.

Igual persistía la sensación de que el pueblo de 800 almas con su panadería abandonada, era más lejano a mi infancia y a mi origen que nunca, pero no puedo negar que una vez estuve en un pueblo de la zona central en Chile y salí arrancando por esa sensación de gallina en corral ajeno. O sea, no sabía si era el campo o lo alemán lo que me era tan ajeno.

En este pueblo alemán visité los lugares de infancia de mi amiga. La casa de su padre acaba de cumplir cien años de construída. Los cerros y sus viñedos, los panales de abejas, los árboles frutales, la escuela, el gimnasio, el jardín infantil…

La madre de mi amiga no es del pueblo. Es decir, llegó a él con nueve años, huyendo de una guerra de la que solo a veces habla y de la que sus anécdotas, demasiado cuidadosamente elegidas, nos hacen intuir muchos más sufrimientos de los que le gusta reconocer. Especialmente me doy cuenta, porque lo normal es que los alemanes destaquen lo mucho que sufrieron ellos, ellos, ellos y ellos en la guerra, cuanto se les da la primera oportunidad. Ella no.

Ella viene de lo que hoy es Polonia, y dice haberse hecho otro hogar por estos lados y haber sido tan chica cuando se desterró, que no tiene la nostalgia que me atribuye a mi sin más ni más.

Caminando por las calles medio desiertas- hace calor, es verano- de pronto se detuvo frente a un jardín y mirándolo me dijo: “esta era nuestra huerta, mientras fuimos jóvenes y teníamos la panadería, y las niñas estaban pequeñas”, e indicando más allá con el dedo, siguió contándome: “y allá vivía un vecino que me venía a explicar todos los días qué y como debía plantar y cuidar la huerta”. Yo pensé: “qué amable…”. Me siguió contando, “ellos estaban tan orgullosos de la suya…una vez mi marido fue y compró tomates en la tienda de la ciudad más cercana y los colgó de mis plantas, solo para verles las caras de asombro de que yo, yo, la extraña tuviera ¡los primeros tomates de la temporada! ¡JA!” Como mi risa sincera la animó, me siguió contando: “otra vez, le pidió al beato del pueblo que por favor le avisara, en cuanto supiera de la fecha exacta del fin del mundo, este le contestó, ni corto ni perezoso que pa’qué? si igual se iba seguro al infierno, por no ir nunca a misa, y el le dijo: “¡no, si es pa’ saber si debo seguir con este trabajo de mierda en esta huerta, o si ya no vale la pena!” Era su manera de solidarizar con su mujer, la extraña del pueblo. Y ella lo sabía.

Hay gente que no nació para sufrir en silencio, gente que se diferencia de las gallinas porque se ríe, que se atreven a faltarles el respeto a la tradición, porque saben que una cosa es adaptarse y otra claudicar y morirse directamente un poco con cada picotazo.

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