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Adri aprende a tocar esto:

Es fácil y cortito, me dijo. Yo le mostré este video, le gustó, pero me dijo: que largo!

Mi educación musical no fue muy buena pero me atreví a advertirle que en especial con el jazz, es igual que leer, hay que tomarse tiempo para ello.

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Después de darme unas cuantas vueltas por ahí tratando de que se me ocurra alguna historia entretenida que contar y no otra de mis reflexiones… me quedé pensando- si, reflexionando, lamentablemente- ¿cuándo es que se tiene derecho a la tristeza? O ¿cuándo es que se tiene derecho a sentirse “salvado” al comparar tu destino con el ajeno? Puede ser que nunca.

Pensaba que tengo una amiga que se amarga por tener un empleo para el que está veinte veces sobre calificada, pero que es el que le salió sin tanto buscar y le permite atender a un precioso y sano bebito. Ella alega y está retriste. ¿No tiene derecho esta mujer con sus títulos a amargarse porque en este país no existen las salas- cuna, ni la comprensión social para con las madres de niños bajo los 3 años que los dejan al cuidado de otros? No es problema de hambre o vivienda, ni menos de vida o muerte, es otro tipo de dolor, es el de la pérdida de parte de sus ilusiones.
Tengo un montón de amigas que no tuvieron hijos y que se sentirían felices de estar como está ella. Además su trabajo tiene sentido. Yo se lo envidio.

Tengo una amiga que murió con 49 años de cáncer. La primera vez que le apareció, su hija tenía 6 o 7 años. Cuando murió, su hija tenía 19, acababa de terminar la escuela y tenía además un novio muy buen chico que supo acompañarla en esos momentos. Mi amiga murió agradecida del tiempo que tuvo para criarla, y es una de las cosas que más consolaba a la hija, saber que estuvieron juntas más allá del tiempo conflictivo de la adolescencia y que ella llegó a “encaminarla”.

Cuando yo tuve algunos problemas con el crédito de la Uni o con cualquier otra cosa que se hubiera resuelto con dinero- que no había- mi madre no me dejaba salir con un “¡que mala suerte!” me cortaba enseguida con la siguiente frase: “¡tú no sabes la suerte que has tenido en la vida!”

Y claro que tenía razón. Ella había sido una niña pobre que había sido incluso separada de su madre, por un tiempo, para que esta trabajara más y mejor. Su ideal de felicidad estaba profundamente traspasado por la inmensa alegría de poder estar con su madre. Yo no fui pobre, yo no tuve que separarme de mi mamá, ni pasar hambre. ¿De qué me quejaba?

Un viernes de hace algunos años llegó una carta con el diagnóstico hecho a una mancha como una cicatriz hendida que tengo en el muslo, y que en esa época estaba en crecimiento. Había estado dos años escuchando explicaciones del tipo: “una picada de garrapata que derivó en esto.” Pasé por varios y distintos médicos y tratamientos que busqué y me decidí a autorizar al ver que se empezaba a hundir.

La carta que era de la clínica y para mi dermatóloga, hablaba de anticuerpos y de la necesidad de revisar que el hígado no estuviera comprometido. Fue un fin de semana horrible, que no voy a olvidar nunca, pensaba en mi hijo y en lo injusto para él si yo llegaba a morirme de eso. A sido la única vez en mi vida que me he sentido así.

Al lunes siguiente me enteré de que no, no era la forma maligna, de que no, que no hay tratamiento, solo algunos intentos para parar el crecimiento. Pero que lo mejor que podía hacer era pensar positivo. No es que haya pruebas de que esto ayude, ni tampoco de que así no sea, o de que así se vaya a quedar el asunto. En realidad nadie sabe nada, yo tampoco. Gracias.

Saqué miles de conclusiones de esta etapa, pero la única que hoy quisiera comentar es que me liberé de tener que callarme si lo que me duele es ¡una uña encarnada del pié! Me liberé de no poder preguntar y preguntarme ¿por qué? Me quejo, me informo, hago lo que necesito hacer y, hasta ahora, me sano.

De esa mancha no, ella se queda y de vez en cuando me da miedo, pero no son muchas las veces que me pasa. Ella no tiene mayor injerencia en mi existencia, aunque ahí está.

Ese es mi camino y con el estoy sanita y contenta de la vida.

Igual no puedo evitar estar agradecida.

Forges cuenta mi vida

El dibujito de Forges en el país de hoy es para llorar.

Reconozco que no fui al concierto correspondiente dentro de la gira que Paul Simon dió con este disco, Graceland, de puro amarrete. Error garrafal de mi parte, todos los que fueron dicen que estuvo fantástico.

Tambien lamento, de esos años, no haber visto el de Tina Turner, y lamento no haber estado en Chile y haberme perdido a Flairk, a Serrat y a Silvio.

En este sentido, lo único que he hecho en mi vida fué ir al concierto de Konstantin Becker, Gal Costa y al de Celia Cruz.

No mucho para lo largos que fueron los 90tas por acá.

ps es que hoy suigeneris puso una canción para levantar ánimos, y esta otra es la que lo consiguió durante años conmigo.

Antes muerta que sin silla

Hace un par de días me llegó el libro de Barbarita.

A la Barbie le pasan cosas. No es que a los demás no nos pasen, la diferencia es que ella lo cuenta, y la diferencia es que a ella se le convierten en literatura.

A veces a Barbie lo que le pasa es que se le ocurren historias y ahí una- que ya sabía que en las anécdotas de Barbie el cómo están escritas no es secundario- advierte más aún que el asunto se le convierte en literatura.

En la manera de contar las cosas que tiene me pasa a mí que se me abre de pronto una ventana y puedo ver… otro mundo. En ese otro mundo puedo identificarme, horrorizarme, alegrarme y entretenerme. Cuando leo sus historias a mí también me pasan cosas y me da la sensación de haber aprovechado el tiempo. Esto último, no sé por qué es importante para mi, pero lo es. No me gusta leer y sentir que podría mejor haber visto la tele, o salido a dar un paseo o cualquier otra cosa.

Me asombró mucho que al tener el libro se produjo una especie de distancia con el texto, como si alguien los pusiera en el lugar que les corresponde: un libro, y tuvieran las historias otros parámetros, los de la ficción.

Algunos de los cuentos- historias se las he leído a mi hijo, y lo he hecho porque me gustaría que él supiera que los adultos fuimos niños, que nos acordamos si queremos de ello, que a veces entendemos y también que a veces, igual que les sucede a ellos, no terminamos nunca de entender ciertas otras cosas. Y esto me resulta con algunos textos de Barbarita.

Tengo un cuento preferido en ese libro se llama: Memorias Perdidas. El personaje principal está enrollado en su existencia, vive en concentrado, vive y respira sin poder bajar de velocidad. Al costado de la pista de alta velocidad alguien lo mira y le hace un par de señas. Es como una foto de los tiempos en que uno es inalcanzable.

Me da vértigo esa historia y todavía la estoy rumiando.

Vale la pena leer a Barbarita.