Antes muerta que sin silla

Hace un par de días me llegó el libro de Barbarita.

A la Barbie le pasan cosas. No es que a los demás no nos pasen, la diferencia es que ella lo cuenta, y la diferencia es que a ella se le convierten en literatura.

A veces a Barbie lo que le pasa es que se le ocurren historias y ahí una- que ya sabía que en las anécdotas de Barbie el cómo están escritas no es secundario- advierte más aún que el asunto se le convierte en literatura.

En la manera de contar las cosas que tiene me pasa a mí que se me abre de pronto una ventana y puedo ver… otro mundo. En ese otro mundo puedo identificarme, horrorizarme, alegrarme y entretenerme. Cuando leo sus historias a mí también me pasan cosas y me da la sensación de haber aprovechado el tiempo. Esto último, no sé por qué es importante para mi, pero lo es. No me gusta leer y sentir que podría mejor haber visto la tele, o salido a dar un paseo o cualquier otra cosa.

Me asombró mucho que al tener el libro se produjo una especie de distancia con el texto, como si alguien los pusiera en el lugar que les corresponde: un libro, y tuvieran las historias otros parámetros, los de la ficción.

Algunos de los cuentos- historias se las he leído a mi hijo, y lo he hecho porque me gustaría que él supiera que los adultos fuimos niños, que nos acordamos si queremos de ello, que a veces entendemos y también que a veces, igual que les sucede a ellos, no terminamos nunca de entender ciertas otras cosas. Y esto me resulta con algunos textos de Barbarita.

Tengo un cuento preferido en ese libro se llama: Memorias Perdidas. El personaje principal está enrollado en su existencia, vive en concentrado, vive y respira sin poder bajar de velocidad. Al costado de la pista de alta velocidad alguien lo mira y le hace un par de señas. Es como una foto de los tiempos en que uno es inalcanzable.

Me da vértigo esa historia y todavía la estoy rumiando.

Vale la pena leer a Barbarita.

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