Después de darme unas cuantas vueltas por ahí tratando de que se me ocurra alguna historia entretenida que contar y no otra de mis reflexiones… me quedé pensando- si, reflexionando, lamentablemente- ¿cuándo es que se tiene derecho a la tristeza? O ¿cuándo es que se tiene derecho a sentirse “salvado” al comparar tu destino con el ajeno? Puede ser que nunca.

Pensaba que tengo una amiga que se amarga por tener un empleo para el que está veinte veces sobre calificada, pero que es el que le salió sin tanto buscar y le permite atender a un precioso y sano bebito. Ella alega y está retriste. ¿No tiene derecho esta mujer con sus títulos a amargarse porque en este país no existen las salas- cuna, ni la comprensión social para con las madres de niños bajo los 3 años que los dejan al cuidado de otros? No es problema de hambre o vivienda, ni menos de vida o muerte, es otro tipo de dolor, es el de la pérdida de parte de sus ilusiones.
Tengo un montón de amigas que no tuvieron hijos y que se sentirían felices de estar como está ella. Además su trabajo tiene sentido. Yo se lo envidio.

Tengo una amiga que murió con 49 años de cáncer. La primera vez que le apareció, su hija tenía 6 o 7 años. Cuando murió, su hija tenía 19, acababa de terminar la escuela y tenía además un novio muy buen chico que supo acompañarla en esos momentos. Mi amiga murió agradecida del tiempo que tuvo para criarla, y es una de las cosas que más consolaba a la hija, saber que estuvieron juntas más allá del tiempo conflictivo de la adolescencia y que ella llegó a “encaminarla”.

Cuando yo tuve algunos problemas con el crédito de la Uni o con cualquier otra cosa que se hubiera resuelto con dinero- que no había- mi madre no me dejaba salir con un “¡que mala suerte!” me cortaba enseguida con la siguiente frase: “¡tú no sabes la suerte que has tenido en la vida!”

Y claro que tenía razón. Ella había sido una niña pobre que había sido incluso separada de su madre, por un tiempo, para que esta trabajara más y mejor. Su ideal de felicidad estaba profundamente traspasado por la inmensa alegría de poder estar con su madre. Yo no fui pobre, yo no tuve que separarme de mi mamá, ni pasar hambre. ¿De qué me quejaba?

Un viernes de hace algunos años llegó una carta con el diagnóstico hecho a una mancha como una cicatriz hendida que tengo en el muslo, y que en esa época estaba en crecimiento. Había estado dos años escuchando explicaciones del tipo: “una picada de garrapata que derivó en esto.” Pasé por varios y distintos médicos y tratamientos que busqué y me decidí a autorizar al ver que se empezaba a hundir.

La carta que era de la clínica y para mi dermatóloga, hablaba de anticuerpos y de la necesidad de revisar que el hígado no estuviera comprometido. Fue un fin de semana horrible, que no voy a olvidar nunca, pensaba en mi hijo y en lo injusto para él si yo llegaba a morirme de eso. A sido la única vez en mi vida que me he sentido así.

Al lunes siguiente me enteré de que no, no era la forma maligna, de que no, que no hay tratamiento, solo algunos intentos para parar el crecimiento. Pero que lo mejor que podía hacer era pensar positivo. No es que haya pruebas de que esto ayude, ni tampoco de que así no sea, o de que así se vaya a quedar el asunto. En realidad nadie sabe nada, yo tampoco. Gracias.

Saqué miles de conclusiones de esta etapa, pero la única que hoy quisiera comentar es que me liberé de tener que callarme si lo que me duele es ¡una uña encarnada del pié! Me liberé de no poder preguntar y preguntarme ¿por qué? Me quejo, me informo, hago lo que necesito hacer y, hasta ahora, me sano.

De esa mancha no, ella se queda y de vez en cuando me da miedo, pero no son muchas las veces que me pasa. Ella no tiene mayor injerencia en mi existencia, aunque ahí está.

Ese es mi camino y con el estoy sanita y contenta de la vida.

Igual no puedo evitar estar agradecida.

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