Las primeras noticias, dicen grado 6- 7 en la escala de Richter. Fuerte, pobres nortinos… pero no es tan grave. Los alemanes estos… que con un grado 4 ya escandalizan.

No. Las noticias siguen llegando y es un grado 7,7. Eso es otra historia. Todo sobre 7,5 es otra historia. Pobre gente. No tengo parientes en el norte. Igual llamo para constatar. No, nadie de los míos andaba por allá. “Solo” hay dos muertos, aunque muchos heridos y lo peor, porque es en el largo plazo, muchos sin casa. En Tocopilla no se puede ni entrar a lo que quedó del hospital. Leo, escucho, me dicen. Pienso en amigos de allá. Los llamaré en cuanto se calme el asunto. Nunca se sabe cuando se puede ayudar.

No sé que edad tenía para mi primer temblor con conciencia. Pero creo que mi primer terremoto fue el de Allende… si, es que en Chile se dice, que cada cambio de presidente viene con un temblorcito, por lo menos. Será este el de la Bachelet?

Para la elección de Allende fue un grado 6 coma algo, solo recuerdo a mis padres mirándose y diciendo: “eso sería entonces…” Ja! no tenían idea!!!

El siguiente que me vuelve a la memoria es el del 85, porque fue con toda la familia en Chile. Mis hermanos, los con “L” en el pasaporte, y los otros, ya estaban de vuelta en Chile y mi padre había muerto hacía algunos años, era el cumple del menor, era verano y recogíamos la mesa que habíamos puesto para 16 personas, en el patio trasero.

Cuando empezó el temblor, nadie se movió de donde estaba. Uno en Chile se mueve cuando el temblor vale la pena, sino pa’que.

Esta vez valió la pena, el temblor alcanzó el 7,8 en la escala de Richter y quedó la escoba… silencio profundo y lleno de polvo al terminar. Tazas no quedaron, las en uso y las del aparador de la cocina se quebraron. Dios nos protegió, se salvó la tele.

Entonces 16 personas que se miran, que se despiden, que se suben apretadas a un par de autos y que parten a ver que pasó en sus respectivas casas.

Cada tanto una réplica, y entonces estacionas el auto a un lado de la calle, a esperar que pase… y sigues.

La cerca que separa los patios, no existe. El perro corre libre, atravesando jardines que ya no tienen división. De punta a punta de la calle. El perro venía llegando de México, con la familia de mi hermana, por eso conoce el fenómeno. Igual está como loco.

La única que faltó a esta cita fue una de mis sobrinas casada y en… Mexico D.F. A ella le tocó el otro, el recordado, porque con una décima de grado más, mató a mucha más gente. En esos años una comunicación por cable nos avisó que de ese terremoto, estaban bién, ella y su marido.

Las conversaciones de los próximos meses giraban en torno a eso, dónde estabas cuando empezó el temblor, qué hiciste, como quedó tu casa… y la de tu gente.

Un colega de mi hermana llegó con la foto de la suya a la oficina y la mostró: “yo la veo bien, que suerte!” le decían. Y él respondía, cada vez, más muerto de la risa con su broma. “No, si yo también. Lástima que lo que ves es el segundo piso, el primero quedó debajo!”

En la tele nos explicaron qué es un edificio “asísmico”. Es el que tiene zonas donde refugiarse, salidas y que debe permitir el tiempo suficiente para que salgas de él. Después se puede caer tranquilamente. Milagros hay, claro. Pero ya no son responsabilidad del arquitecto, ni del control estatal sobre ellos. Volverán ahora a explicárselos a los del norte.
Yo me quedo con el recuerdo alucinante de ver como el suelo se mueve como si fuera agua, en olas y de ver acercarse y alejarse el techo de mi casa de un piso. Qué elasticidad! Siento admiración profunda por los que construyeron ese barrio de clase media, a finales de los 60tas. Y agradecimiento.

Cuando era niña sufría los primeros días de las vacaciones en la playa. Escuchaba el mar y pensaba en las historias del maremoto del 62 en Valparaíso. Grado 8 o 9? … da igual, muchos daños, muchos muertos… mucho mito. Yo sufría con el sonido del mar, hasta que mi alma porfin lograba entregarse a su destino.

Cuando era niña no entendía porque habían edificado un país en un lugar tan peligroso. Cuando era niña no sabía, que como siempre, el ser humano puede ser más peligroso que la naturaleza, y más injusto.

Cuando era niña soñaba con un avión llego de mi gente. Era mi manera de trabajar el trauma: primero mis padres, y sus hermanos, y mis hermanos, y sus parejas, y sus hijos, y los hijos de los hijos, y la vecina y así… hasta que conciliaba el sueño. Unos cuentan ovejas, yo contaba gente salvada de ese país y sus temblores. No me acuerdo para dónde iba con todos ellos. Pero seguro no a Alemania, ni a México, ni a Argentina, ni a Inglaterra o España o Suecia. Los lugares por los que ellos se repartirían un poco tiempo después.

Pero el ser humano reconstruye, vuelve a construir aún sabiendo a ciencia cierta que se le va a caer. Sin saber cuando va a pasar, pero con la certeza de que todo se acaba. Es impresionante verlo en vivo y en directo, es una de las cosas que caracteriza a mi país, allá no es metáfora o elección personal, es realidad.

Hoy les tocó a los de Tocopilla y Calama. Ya se levantarán, en el mismo lugar del próximo terremoto.

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