Santiago de Chile, 1929
Nana hace como si buscara por el patio. Mira al suelo, pero no lo ve, ella piensa en mil cosas que no tiene enfrente.

Como siempre tiene la sensación de que el almuerzo no llega nunca, quiere comer y conversar con la que le toque al lado.

Odia a las compañeras que comen lento. No soporta verlas comer el pan miga a miga, como hace Mira. Ella se lo come de tres mascadas y lo único que puede hacer después es observar a Mira.

Su hermana menor atraviesa el patio y la mira con vergüenza. No puede creer que su hermana nunca tenga la aguja de bordar, que siempre esté en el patio buscando una. Que todas sepan que esa es su hermana, le da algo. Ella no quiere que la observen así, y menos que la mamá esté siempre preocupada por ellas. La mamá trabaja y ellas están allí. Así es la vida y así debe serlo.

Nana lo tiene claro. Ella quiere volver con su mamá. No le importa nada más que eso. Cuando vuelva con su madre sabe que nadie la mirará como la miran, ni a ella, ni a su hermana, sabe que no tendrá que dar las gracias por comidas malas, o que le expliquen mil veces que es un honor lavar los paños de menstruación de las monjas o las toallas para el hotel Crillón.

Ella quiere que la dejen jugar y conversar, por eso su aguja- cuando llega a tener una- no tiene hilo, así puede bordar sin cometer errores y conversar cuanto quiera. La monja dice entonces que no entiende que le cunda poco si ella ve como Nana trabaja. A Nana le cunde, es cosa de oírla y de ver su alegría. Tiene fama de payasa entre sus compañeras, fama de graciosa. Nana es alegre contra viento y marea.

Lo de la lectura es otra cosa. Eso va a tener un final durísimo, pero no son las monjas las victimarias en ese caso. En un sótano oscuro y hediondo, encerrada, tendrá que aprender a leer y a escribir si quiere que su tía la deje salir. Ella aprenderá a leer y escribir.

Allí, le falló el plan a la Nana, si lo hubiera sabido, a lo mejor no respondería ahora en el internado lo de: ”no puedo estudiar la lección, madre, mi libro no tiene la hoja…” Nunca había hoja. Nana la sacaba. No había hoja. Hasta que la tía Margarita la mandó al sótano con todas las hojas sueltas que encontró debajo de la cama de Nana, no aprendió a leer, ni a escribir.

Por el miedo que sintió, por el frío y el hambre Nana no le guardó rencor a su tía. Hasta en la brutalidad se aferran los niños a las briznas de amor que se les ofrecen. Y era amor el de la tía Margarita, y desesperación, como muchas de las veces que se les inflige violencia a los niños, la tía no era mejor que las monjas, pero la quería. Nana aprendió a leer y a escribir, y en agradecimiento, en su otra vida, su hija se llamó Margarita.

Lo de Nana en el internado no es lucha de clases, ni envidia de lo que no conoce, es pura dignidad innata y una idea fija que defiende. A ella solo le importa una cosa, tiene un solo moto en la vida: madre e hijo deben estar juntos, no importa pasar pobreza, pero juntas.

Nana ama la vida, ama conversar, y estar con su mamá. Nana cree que las cosas van a mejorar. Nana cree en sus fuerzas para oponerse. Ella no sabe a dónde ir con su alegría y su fuerza, pero sabe oponerse, sabe que con ella no podrán.

El almuerzo de ese día no está comprado por el dinero ganado por las mayores y sus lavados, el almuerzo de hoy viene de un alma caritativa que decidió dar como limosna a la escuela para niñas pobres unos sacos de porotos. Los porotos tienen suficientes proteínas y son excelentes para el hambre, habrá pensado, el alma caritativa que los ofreció al colegio. Habrá pensado que los pobres no tienen ni gusto ni paladar, solo hambre y habrá pensado que era un pecado darselo a los cerdos.

Nana decide no comérselos. En general ella no tiene ni gusto, ni paladar, solo hambre pero esta vez le dan asco los pequeños escarabajos que tienen dentro los porotos. Gorgojos, les llaman. No soporta que suenen en su boca. Tiene hambre, pero ella siempre tiene hambre, con el pan se las arreglará.

La monja le grita que es una mal agradecida. Eso es lo que menos entiende Nana, el afán de agradecimiento por algo que a ella le parece un castigo. No ve razón de agradecer.

Nana sabe que eso es la basura de otro y sabe que las monjas comen otra cosa. Nana tiene diez años de edad y es pobre, pero no es tonta y como por milagro tiene conciencia de ser persona. Nana se siente fuerte.

Nana llegará hasta la rectoría- la llevarán arrastrando- y se le exigirá que coma del plato en el suelo. Se trata de quebrar su orgullo nefasto, le dicen. Hasta arrodillada y frente al plato, Nana levantará la cabeza y volverá a decirles que no. El asco que siente, ya no solo de la comida, la ayuda a mantener la desición y ya no hay vuelta atrás.

La monja directora llorará de rabia, y Nana será expulsada de esa escuela.

Para Nana será un final feliz. ¡Este es un final de película! Nana saldrá triunfante, directamente a los brazos de su madre.

Ahora solo les falta saber de que mierda van a vivir.

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