LD me hizo recordar con este post que un día de mucho estrés familiar en Barcelona, agarré a enano que me estaba hinchando las b… digo, los ovarios, porque quería ver el mar.

Partí cuando ya no daba más de aguantar y no entender que pasaba. Si les soy sincera, fuimos nosotros, en realidad los abandonados.

Atravesamos la ciudad sin saber en que dirección exacta estaba el mar, yo casi nunca llevo plano, ni plan … pasamos calles, dimos vueltas y pasaron un par de horas y llegamos a la Barceloneta, que aunque esté recauchada y limpia, NO ES LA PLAYA QUE UNO DIGA ESTO ES PLAYA… Adrián estaba tan feliz, tan radiante de estar con una mamá que era capaz de encontrar el mar, que era capaz de darle unos minutos de paz en intercambio de sentimientos intensos de los adultos y los niños, que le estaba tocando ver en la familia, que se sacó la ropa y se bañó… era otoño, no hacía calor, corría viento… y la gente que estaba sentada frente al mar veía ir y volver al unico bañista y además nudista de ese día… le sonreían y le daban ánimo para que se metiera al mar, le hablaban y aplaudían… menos mal que no sabían que era alemán y así no lo alcanzaron los prejuicios y así le fue simplemente reconocida su belleza de niño saludable, flaco y valiente con el frío.

Ahí entendí que era desde su salud mental que me decía, “fuera! vámonos! dale, déjalos tirados! allá nos está esperando el mar”… ese fue un día precioso.

Adri recogió unas piedras, que hoy están en la ventana del baño y que me recuerdan lo fácil que es a veces darles a los niños atención y paz espiritual, y lo tonto que es- a veces- quedarse llorando por lo que no te pueden dar.

En el fondo siempre hay alguien que te quiere y que te tiende la mano, aunque esa mano sea chiquitita y lo que corresponda es que te acuerdes solito que eres tú quien debe guiar y protejer. Y no alrevés.

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