Caminaban tomados de la mano, ella a los saltitos y él a los trancos, tan largos como sus piernas se los permitieran. Era un juego, esto de ir así.

De pronto el le apretaba la mano y levantando un poco la rodilla le golpeaba el dorso contra el muslo. Ella se sorprendía y le daba risa. La próxima vez no me sorprendes, pensaba, pero lo volvía a hacer y el resultado era el mismo. Se volvían a reír.

La calle de un barrio de Ñuñoa, y sus casas unifamiliares de dos pisos con sus jardines permiten un paseo por la vereda, y sin embargo, ellos caminaban por la mitad de ella, sabiendo que a esas horas no pasaban autos. Era en los atardeceres de principios de los 70tas.

Las primeras estrellas aparecen y ellos las miran, anochece. A pesar del alumbrado público, no solo brillan las estrellas, sino que además se les puede ver en sus distintos colores.

“¿Ves esa roja? Allí se fabrica el helado de fresa.”

“Y en la verde? – le pregunta, divertida.”

“Mmmmh…en la verde… ¡jalea de limón verde!”

Ella quiere seguir preguntando, pero la Madre que va tras ellos con su tía, dice algo y él se gira a escuchar y este mundo vuelve a ser de los adultos, hasta que 10 o 20 años más tarde se vuelva a preguntar por qué de todas las tarde con su padre esa fue la que eligió para recordarlo.

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