para Beya

Me estaba acercando peligrosamente a los cuarenta y no sabía conducir.

Me parecía que era una inutilidad más que acumular y no quería. En este país todo el mundo conduce y habla inglés, díjeme y me inscribí en la que supuse sería la mejor escuela de manejo de mi ciudad, porque estaba segura de que yo sería un caso difícil. ¡Una vieja que aprende a manejar! Es que me daba pena pensar en quien me tuviera de alumna.

Lo que NO pensé es que en una ciudad determinada por una Universidad, como es la mía, la más famosa de las escuelas de manejo no lo era por ser la escuela con mejor pedagogía o resultados, sino por pertenecerle a una mujer con un doctorado en filosofía.

Desde que me subí al auto el profe- porque la mujer filósofa, no tuvo la sensibilidad suficiente para ponerme una mujer al lado- empezó a entrenarme para que soportara el estrés que significa manejar. Me trataba como una hija tonta y menor de edad. Y yo me dejaba.

Por ejemplo, si se paraba el motor y yo no podía volver a encenderlo de inmediato, el no me decía: “¡el cambio, tontona!”, sino que escenificaba un ataque de nervios: “¡apúrate, cuidado, qué te pasa…vamos a tener un accidente!!” Yo hubiera preferido el “tontona” acompañado del buen consejo, pero el se decantaba por el ataque de histeria. Por supuesto que cuando yo descubría qué era lo que no me dejaba arrancar el auto, era como si nunca hubiera pasado nada. Doble personalidad tenía.

¿Y qué pensaba yo? Que una debe poder conducir bajo cualquier condición, y eso incluía los gritoneos en el auto.

Yo y Psicópata continuamos juntos por largas horas dentro del auto, porque ya se sabe, una siempre cree que es cosa de aprender a tratar al tipo este, que un día el nos verá como somos y cambiará, que un día nosotras vamos a entenderlo y nuestra relación mejorará… que el lo hace por nuestro bien, que en el fondo no es malo ni sádico, es nomás que yo soy durita de mollera, no lo entiendo y el se desespera. Yo le hago perder la paciencia al pobre.

Hasta que un día, y graciasadioh, mi verdadero marido me dijo que ya, o mejor dicho que ¡YA! Que no había más plata para horas de manejo. Cuando se lo conté a Psicópata, este me miró con pena y me dijo: “¡qué triste! No te faltaba casi nada para estar lista… pero así como estás… ¿dar el examen?… no sé… vuelve cuando tengas dinero de nuevo”

En fin, me fui destrozada a casa y pensé que NI la licencia de conducir lograba, algo que en este país cualquiera tiene. Me quedé rumiando mis penas… y decidí visitar una terapeuta. Esta vez si una mujer, plis, no tenía ganas de explicar nada, ni sobre los miedos, ni condiciones de mi aprendizaje. Y lo de si mujer se nace o se hace, es una pregunta superflua en el caso de las que llevamos ya algunos decenios siéndolo.

¿Qué hombre va a entender que paralice el miedo a la agresividad de los otros autos, al caos de las carreteras? ¿El miedo a tener un accidente con el niño dentro del auto? ¿El miedo a que tooooodooooos te puteen y te odien por manejar mal?

Y seamos sinceros, además a mi me molesta muchísimo ser la peor en algo. La componente personal no me ayuda. Una cosa es ser mediocre y otra ser la peor, y eso somos, los peores cuando sales a la calle en auto y solo por primera vez. A eso hay que estar dispuesta y tener los nervios. Con 18 años todos te ríen la gracia de una mal estacionada y el rayoncito pero con más de, digamos 30, ya la cosa se pone pesadita.

Como les cuento, me fui a la terapeuta, y le dije: “ni licencia de conducir logro sacar… buaaaaaah…”

Ella que si mi papá, que si mi mamá, que si mi cambio de país, que si mi matrimonio… en un momento determinado se acordó de la licencia de conducir y me pregunta: “¿y qué sintió durante el examen práctico?” y yo que le respondo: “No, es que no lo he hecho…” y ella que me mira con cara de horror y me pregunta: “¿y cómo sabe que no lo va a pasar? ¡Hay cosas que solo se saben si se prueban! Además, la licencia le permite seguir practicando, Ud. No va a ser perfecta sin practicar. La licencia la autoriza a seguir practicando sola, eso es todoooo.” Me gritó quedando toda despeinada, incluso.

Yo creo que la saqué de quicio, dudo que una sicóloga pueda decir las cosas así de frente, es una como paciente la que debe llegar a las conclusiones… solita… dicen.

En todo caso yo me VI en sus ojos, y me dio tanta vergüenza.

De ahí salí a cambiar la escuela y el profesor de manejo, además tomé la de una amiga que- como yo- es extranjera y aprendió de vieja, y exigí una mujer.

En dos clases di el examen y lo pasé. Cero faltas.

Cuando lo cuento ahora cada segunda mujer- casada- que no maneja, me dice que tiene miedo de salir a carretera, que desde que nació el niño, que desde que solo tienen un auto, que desde que no lo necesita… busqué en internete: amaxofobia se llama ese estado. Miedo a la independencia, dicen.

Las mujeres más increíbles parecen tenerlo, la chica del lado por ejemplo: dos matrimonios, tres hijos y médico anestesista, cuando se cayó a una acequia con el auto dejó de conducir, además su primer marido le repetía lo mal que lo hacía y todo otro conductor con el que se topaba, también. Su segundo marido le aconsejó comprar un automático, ella lo hizo y se le acabó la amaxofobia.

La de dos casas más allá pronto tendrá el Doctorado en Literatura Francesa, tendrá que ir a dejarla su marido para que recoja el título, porque no se sube de chofer desde hace un año. Dice que la agresividad de la calle es lo que no puede superar. Vero, otra con tres niños, dice que no sabe como le agarró el susto y que fue de a poco, no le gusta la velocidad. Esta es enfermera. Y la mamá de Bella compañera de Adri, que es bibliotecaria, dice que lo intentó pero como el auto nunca lo tuvo para ella, siempre era del padre o del marido, y no lo necesitaba realmente, lo dejó, y ahora con 40 ya nonono. Hay alguna que nunca lo intentó. Sus doctorados y estudios no las ayudaron a ser valientes, tampoco los hijos, nada las hizo atreverse.

Estas son ahora mis admiradoras, con un poco de envidia, con un poco de alegría me saludan cuando pasó yo con mi auto- bueno, el sábado, cuando mi marido me lo deja. Y no me pienso bajar.