Y ahí estaba yo pensando en estos días que realmente lo físico existe.

Me explico. Tener un cierto color de piel, ser bonita o fea, ser hombre o mujer, vieja tecla o jovencita turgente, o señora pechugona o más bien nadadora, puede determinar el trato que te den los otros.

Si vas en un bus, en una de esas te dan el asiento bajo alguna de esas coordenadas o te miran feo porque no te paras, según algunas otras coordenadas. El cansancio puede ser igual, pero no somos iguales.

A mi el asunto me entra a tostar cuando por acá, en el espacio alemán, llegan los de mi equipo, los sudamericanos, y empiezan a clasificar y a retomar antiguas actitudes frente a los colores y/o parámetros que en nuestros países son reales y acá no tiene nada, pero nada que hacer.

Acá el que no es alemán simplemente es exótico. Y le van a preguntar hasta el asco: ¿de dónde vienes? Y si la cara se la ganó por una abuela boliviana que no le dejó ni el idioma, igual le van a preguntar de “¿dónde vienes?”

Después claro vienen los matices.

No es lo mismo ser una morenita española que una morenita turca. Pero una morenita francesa tampoco es una morenita española. Y una rubia de Munich no es de ninguna manera una rubia de Georgia. Para cada prejuicio hay siempre un argumento.

Me acuerdo que una vez un alemán me dijo en una oficina que se me notaba que era italiana, por lo “mañosa” en darle la vuelta a un tarro basurero en uno de los muchos trabajos que tuve de estudiante por acá.

Fue gracioso porque no me pude reprimir hacerle la broma de que en realidad no era italiana, y quedarme esperando a ver como reaccionaba, sin decirle que era chilena… se puso pálido pensando que me había ofendido al decir indirectamente que las turcas que normalmente hacían ese trabajo, eran tontas. Él que esperaba que lo tomara como piropo y me riera complacida por ser de las elegidas de sus preferencias raciales.

Ser chilena es algo exótico por acá. Españolas, italianas, griegas, turcas y rumanas eran las del puesto fijo… pero ¿chilenas? No, no es normal. Era un trabajo de verano que dejaba mucho dinero, había alemanas y españolas, yo era la única chilena. Al final respiró aliviado cuando lo liberé de la duda.

Por eso no aguanto agregarle los bemoles de otras realidades a los bemoles de esta realidad.

Me molesta entrar a explicar con cuantos grados de oscuridad de la piel y grados de oblicuidad de los ojos, se te reconoce con sangre india, y que significado tiene o no en tu país ese reconocimiento. En especial cuando el que te lo pregunta no te va a escuchar, porque ya tiene su propia opinión al respecto. Lógico, si al final es el otro el que te sufre la cara. Uno la mayoría del tiempo no se ve. O por lo menos la gente sanita de mate, no se pasa mirando.

Me molesta entrar a explicar en que país hubo sangre negra y en cual la sangre italiana o española o alemana y aún se nota.

Pero me molesta tanto como cuando me encuentran blanquita y se sorprenden. O cuando por todos los medios quieren que les reconozca un antepasado indio que no he encontrado ni yo. Y dicho sea de paso, en mi calidad de chilena de- por lo menos- tercera generación: ¡me la deja floja!

Una de las cosas más bonitas de mi continente, encuentro yo, es que se casan dos rubios y les sale un hijo negro, ¿y? Todo es posible. (Ya se que se las dejo picando…)

¿Racismo? ¿Acá? Si, hay.

¿Racismo? ¿Allá? Si, también.

Ninguno de los dos es brutal y directo en sus manifestaciones más usuales, aunque no faltan los groseritos.

El peor racismo es el sutil, el que define a los “perdedores” como “oscuros, chicos, ojos rasgados achinados, etc.” y a los “vencedores” como “claritos, delgados, un metro ochenta. etc.” Una cosa es el reconocimiento de una desigualdad social provocada, que se manifiesta sutil y otra es creerse que la cosa ES así.

Es como las berenjenas cuando miramos al otro ser humano y pensamos que lo conocemos con una mirada. No le damos la oportunidad de sorprendernos, porque no queremos sorpresas.

No hay limpieza genética en nuestro continente, y aunque eso provoque el eterno querer ser lo que el mercado racial más premie, me encanta la falta de confianza que estamos obligados a tener en nuestros genes. Cuando menos lo esperemos nos dejarán en la estacada trayéndonos un amor oscuro y profundo, o un hijo de un color inesperado pero explicable.

Me acuerdo de un poema de Nicolás Guillén, el cubano, que decía algo así como “y si te miras en el río de tu sangre, verás reflejado tu abuelo esclavo y negro, el que rizó para siempre tu rubia cabellera…” A la otra mitad la abuela india se lo alisó.

Total al final hablar de esto es como hablar de sexo o de dinero, no importa un cuerno lo que digas, porque lo que vale es si lo tienes o no lo tienes el color, el dinero, el sexo. Si es el apropiado o no, no vale la pena pensarlo mucho, en todas partes hay alguien que te lo vendrá a aclarar.

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