Resulta que hoy me desperté pensando, porque hay días en los que me despiertos y es como si de inmediato mi cerebro pasara a “funcionamiento de día”.

Hoy desperté pensando en los ojos como un instrumento y en los colores como longitud de onda.

Ayer me puse lentes por primera vez en mi vida, ayer me di cuenta que la oftalmóloga tiene razón, soy miope. Claro que hace rato que me di cuenta que es desagradable manejar de noche, y que los letreros en la carretera no se dejan leer tan rápido como debieran para decidir a donde era que tenía que tomar la salida, pero de ahí a darme cuenta que el día es casi más claro, si me pongo lentes… no, eso no me había dado aún cuenta.

Supongo que esto es lo que me puso el cerebro a trabajar (por así decirlo… seamos generosos)

Y se agrega que mi hijo me hizo la pregunta, esa que yo me hice durante años: “Cómo ves sin lentes?”

Cuando le respondí que solo en la distancia veía “movido”, me dijo, “pero no, pero no… yo digo cómo ves… de verdad…”

Me acordé entonces que tengo dos amigos daltónicos, ciegos de color y que con uno de ellos, Thomas, me pasé tardes enteras hablando de colores. Siempre que creo saber como ve y lo pongo a prueba, el se esfuerza en demostrarme que no, que no es así, que el si ve diferencias entre ocre y naranja, por ejemplo. Aunque yo sepa que le es difícil diferenciarlos. Pero una cosa es diferenciar y otra verlo. El me diría que lo ve, solo que no como yo. Y así, tardes enteras. Hasta la teoría del color de Goethe me quiso poner a leer una vez para convencerme. No estoy muy segura de qué.

Me fascina pensar que no hay caso. Incluso entre dos personas “sanas”, no hay dos que vean lo mismo. Si reducimos todo el efecto a lo biológico, aún eliminando el hecho de que ver es un proceso cerebral y por lo tanto individual, incluso los organos que nos permiten recibir el color no son exactamente iguales, el número de bastoncillos y conos, por ejemplo. Me vuelve loca, de alguna manera, esta certeza.

La pregunta de Adrián me devolvió a la realidad que no soporto, saber que en el fondo su pregunta no tiene respuesta y que no podemos mirar por lo ojos del otro. No podemos ser el otro por un par de segundos y entender.

Nunca podré saber de que color son las naranjas para Thomas, pero como él dice cuando yo se lo repito por enésima vez en estos 20 años de amistad: Por qué tanto interés en mis naranjas cuando las de cualquier otro- aunque sea “normal”- igual nunca serán las tuyas?

Para el otro daltónico en mi círculo de amistades, su daltonismo demuestra que no es mellizo univitelino de su hermano, puesto que es una caracteristica heredable no puede tenerlo uno solo de los gemelos. El lo tiene, su hermano no. Es muy difícil para él, aceptar el estar “separado” de su hermano en esto, por eso no se habla del asunto.

Ver es un proceso, a ver se aprende. Hay cosas en las que podemos estar ciegas como topo, hasta que porfin las vemos. Hasta que veamos “nuestro naranja” pasan años y experiencias, y ahora acabo de aprender que ni siquiera se mantiene en el tiempo. Mi manera de ver el naranja evoluciona, sigue evolucionando, mientras esté viva.

Igual cuando vea a Thomas la próxima vez le voy a decir que no es que no vea en la distancia, es que veo distinto. O sea, yo veo el letrero y hasta las palabras, solo que ahora para mi son borrones. Y le volveré a preguntar si ve los colores, poniéndole un ocre cercano al naranja y un naranja oscuro que ya tengo preparados, a ver como le ha cambiado su percepción del color en estos años. O por último, como le ha cambiado el carácter desde la última vez que nos vimos.

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