Otro post de comentarios que por acá dejaron.

En esta plaza pública que es tener un blog en internet, muchos se acercan y nos dicen cosas. Y de eso se trata. Pero no puedo negar que hay algunos comentarios que me conmueven, que me dejan pensando o que me hacen reflexionar qué clase de persona es la que está al otro lado de mi pantalla contándome lo que me acaba de contar.

La que sea que haya al otro lado, algunas veces me hacen sentir orgullosa de haber provocado el comentario con mi texto, y al mismo tiempo enriquecida por la historia que me hacen compartir.

Yo tengo un día especial en mi vida, en el que estábamos espantosamente mal de dinero y de futuro, sin trabajo los dos con mi marido (Argentina – 2001), y para pensar qué hacer y cansarnos (para poder dormir, porque èse es uno de los problemas en estos casos) salíamos a caminar con nuestra bebé en el cochecito.
Una noche era tardísimo, hacìa mucho frìo y estabamos en la plaza de a la vuelta de casa, en una de esas hamacas que son un tablòn largo, los tres. Ella al medio, preciosa, toda encapuchada y matándose de risa. Yo lo miré a él por encima del gorro rosadito pero a los ojos del alma y dije “pero qué feliz estoy, mierda, a pesar de todo tengo una felicidad que me desborda”. ”Yo también”, me dijo. Y así seguimos, mirándonos y hamacándonos, en un lazo de amor que se podía tocar. Y siempre supe que cuando me esté muriendo ese momento va a estar en mis ojos. Va a ser el final de la película, adonde van sobreimpresos los títulos.

Ahora adivinen quién fue la de este comentario!

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