You are currently browsing the monthly archive for agosto 2008.

De viaje estamos todos.

Seguramente hay momentos en que tenemos más conciencia de partir o más conciencia de estar viajando.

Durante la adolescencia, por ejemplo, luchamos por definir el rumbo de nuestro viaje, por dar un golpe de timón y , a veces, ponernos en camino de verdad por primera vez.

Pero de viajar, viajamos todos aunque sea sin mucha claridad de para donde, cometiendo entonces el pecado terrible de no reconocer los buenos vientos. No se tienen buenos vientos, sino se sabe para dónde se quiere ir, leí en lo de Sui.

Cierto, pienso.

Hay otros momentos en que se despliegan las velas y se toma rumbo con desición. Hay placer.

Y a veces, aunque nos gane la añoranza sin que podamos volver al lugar que pareciera estar allí a nuestras espaldas, esperándonos, porque ya no existe el camino de vuelta, y aunque existiera ya no supieramos reconocerlo, no es que nos estemos arrepintiendo de haber partido, es simplemente todo, todo, todo parte de este viaje.

Este señor es Eduardo Gatti y la canción se llama ” el navegante”.

Qué es lo que me está pasando
que en la quietud perfecta
todo empieza a temblar,
se remueven mis caminos,
se hace trizas el retrato
de mi infancia y su calor

Mi familia y mis amigos
se me ponen frente a frente
y solo me hacen pensar
si al medio de esta tormenta
nacerán las flores
de un lugar Azul e inmenso

Justificar mi ausencia
no es más que pretexto
de vida y aventura
como oración sin leyes
en libertad inquieta
mi rostro se bañaba

con el fulgor de las estrellas
que cantan la mañana
bien juntas con mis sueños
todo estaba allí trenzado
hasta que dí el paso,
hasta que tu amor me dijo

Y si al cielo lo cambiaras
por toda la realidad
sé que todo sería tan diferente
ya que la fe que tu haz puesto
no se juega no se tranza
ni por un solo momento
es fogata que corre en tus venas,
es quizás tiempo gastado,
es un sol que llevas dentro
primero y sin segundo,
el amanecer de tu alma

Si yo fuera navegante,
capitán o simple infante
de inmediato aceptaré,
que la tierra siempre lejos,
que la niebla imponderable,
en mis mapas son la sal

que tormentas indomables
y mujeres que lloraban
hasta el amanecer
fueron por mi amigo, hermano,
su sonrisa amada,
sus ojos de fuego y noche.

Los veranos, si son como sus horas de la siesta, pueden ser eternos. Y si no lo son, parecieran serlo cuando se traen desde la memoria al presente y así volvemos a sentirlas, olerlas, vivirlas.

Así me pasa a mi por lo menos.

Me parece misterioso el por qué de la evidente importancia para la siquis de la perseverancia de ciertos recuerdos. Será el último verano de la inocencia? Será simplemente la alegría de la libertad en que nos dejan los padres en esos momentos del día? Será la alegría de estar vivo? o Será algo mucho más personal indescriptible e inubicable cuyo origen está dentro mío y de nadie más?

Si me ponen a pensar en el verano, así como si fuera una solo lugar, es el verano una escena de mis 9 años frente a la casona señorial que convirtieron en refugio de vacaciones los del círculo de periodistas al que pertenecía mi papá.

Allí al pie de la escalera buscando conchitas, ver entrar un niñito luminoso y chiquitito por entre los arbustos que separaban la villa de los periodistas del camino y de la casa de los vecinos del frente. Sebastian, así sin acento, a la alemana. Jugar con él como juegan los niños, sin preguntas. El era muy chiquito para hablar y contarnos nada, y tampoco tendría mucho que contar si apenas había vivido. Había otros niños jugando conmigo- una de mis sobrinas talvez?- no muchos. Prima la sensación de privacidad y tranquilidad.

Lo normal es que la vida sea rara, y lógicamente no volví a ver a Sebastian. Hoy tendrá más de 30, si como nosotros los niños de esa tarde, sobrevivió a su infancia.

Mi hijo cumplió diez años, este verano y creo que aún no está totalmente domesticado.