Los veranos, si son como sus horas de la siesta, pueden ser eternos. Y si no lo son, parecieran serlo cuando se traen desde la memoria al presente y así volvemos a sentirlas, olerlas, vivirlas.

Así me pasa a mi por lo menos.

Me parece misterioso el por qué de la evidente importancia para la siquis de la perseverancia de ciertos recuerdos. Será el último verano de la inocencia? Será simplemente la alegría de la libertad en que nos dejan los padres en esos momentos del día? Será la alegría de estar vivo? o Será algo mucho más personal indescriptible e inubicable cuyo origen está dentro mío y de nadie más?

Si me ponen a pensar en el verano, así como si fuera una solo lugar, es el verano una escena de mis 9 años frente a la casona señorial que convirtieron en refugio de vacaciones los del círculo de periodistas al que pertenecía mi papá.

Allí al pie de la escalera buscando conchitas, ver entrar un niñito luminoso y chiquitito por entre los arbustos que separaban la villa de los periodistas del camino y de la casa de los vecinos del frente. Sebastian, así sin acento, a la alemana. Jugar con él como juegan los niños, sin preguntas. El era muy chiquito para hablar y contarnos nada, y tampoco tendría mucho que contar si apenas había vivido. Había otros niños jugando conmigo- una de mis sobrinas talvez?- no muchos. Prima la sensación de privacidad y tranquilidad.

Lo normal es que la vida sea rara, y lógicamente no volví a ver a Sebastian. Hoy tendrá más de 30, si como nosotros los niños de esa tarde, sobrevivió a su infancia.

Mi hijo cumplió diez años, este verano y creo que aún no está totalmente domesticado.