qué riiico!

qué riiico!

Los alemanes no aceptan que su idioma sea difícil de aprender de adultos, ellos creen que es cosa de nivel cultural o social.

La gente es igual que en otros países, creen que si un extranjero no habla su idioma como uno más, es por incapaz o por falta de interés. Yo aún siendo buena en este, mi segundo idioma, tengo acento y se escucha que tengo un pasado en otro lado, aunque no exáctamente de donde.

Mi amiga U. estudió filología inglesa, lo que se une a que los alemanes aprenden muy bien este idioma desde el colegio, lástima que no se enteran de que tienen acento alemán y que no son como los hablantes nativos hasta que les toca vivir en países de esa lengua. O sea, la mayoría sigue sintiendo a los extranjeros y sus acentos como “ineptos”, pero ellos se creen fantásticos, perfectos en los idiomas que aprenden.

Justo esta amiga, a la que conocí en la universidad y que siempre me quiso a pesar de mi “defecto” con el idioma, decidió hace 3 años irse a vivir a Inglaterra, además fue- como yo- porque se casó con uno de allá y hasta cambió su nombre alemán por uno inglés.

Ella y yo hemos viajado juntas, cuando viajar era partir con dos pesos (Groschen) en los bolsillos y ni idea de como lo lograríamos, y así descubrimos lo caóticas que somos juntas.Nada nos resulta a la primera cuando estamos juntas, pero NUNCA nos hemos peleado en circunstancias adversas. Es la mejor compañera de ruta que he tenido.

Nuestro viaje a Viena a dedo, es de antología.

Lluvia, lluvia y conductores que nos tomaban para dejarnos más lejos de lo que estabamos antes. Gente que salía a mirar como se ven dos tipas esperando bajo la lluvia tropical del verano centroeuropeo. Y nosotras? Qué manera de reírnos!!! De nosotras, de la gente, de todo. Qué manera de contar cosas, qué manera de quedarnos calladas, qué manera de no fregarnos la pita. Llegamos a Viena vestidas con la camisa de dormir, que era lo único seco que nos quedaba. Además ibamos a la cumbre de derechos humanos de las Naciones Unidas, en aquellos años, eramos dos estudiantes interesadas en ese tipo de cosas, ahora somos dos viejas interesadas en este tipo de cosas, claro. Por supuesto que en esa facha no nos dejaron entrar… es que adentro del edificio estaba mi marido con la dirección de nuestro alojamiento. Lo llamaron y cuando salió no podía creer lo que veía. Nosotras? muertas de la risa. Llegamos, era lo principal.

Nunca mejor dicho: no es la meta, es el camino. Que en este caso duró dos días.

Desde que está en Inglaterra me invitó miles de veces a visitarla, estamos en contacto y siempre que pasa por acá, Alemania, nos viene a ver, es una de las tías más queridas de Adrián, él la adora y ella a él.

Este verano fui a verla. Me preparé de memoria, de lo que recuerdo significa ser emigrante: compré el pan que ella comió de niña, la revista femenina que leímos juntas en nuestros tiempos de universitarias, y compré un chal que hiciera juego con su pelo rojo henna. Y sobretodo decidí que hablaría con su marido en inglés- él no habla alemán- como fuera, aunque mi inglés es de anécdota por lo ridículo que me salen las frases, pero no quise hacerla sentir que tenía que decidir entre atenderme a mi o atenderlo a él, en ningún momento. El invitado independiente es siempre el mejor, díjeme.

De memoria sabía que lo que más le faltaría serían sus amigas, que vivimos cosas importantes que nos pasaron juntas y a las que no hay que explicarles nada, entendí que le haría bien probar los sabores de toda la vida, que sería rico hacer como si nunca nos hubieramos separado y volveríamos a flojear juntas. Sabía que le haría bien hablar su propio idioma en el que no tiene que deletrearle a nadie su apellido nuevo e inglés, sin entender qué es lo que el otro no entiende cuando lo pronuncia. Y también, sobretodo, sabía que bueno es que alguien te mire y te reconozca, sin ver en cualquier reacción tuya el esquema “mujer alemana, fría, distante, puntual, no entiende de sutilezas…”  un esquema con que cualquiera puede atacarla allá en el extranjero. Yo no, yo la veo a ella, yo la quiero a ella, yo tengo recuerdos con ella.

La alegría que sentí yo de “saber de memoria” lo que ella añoraba, fue proporcional al afecto que ella me mostró. Me gustó saber que esto de ser inmigrante es internacional que ella y yo nos entedíamos mejor que nunca.