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… a veces.

Digo, porque tengo un trabajito más o menos sin importancia- ni económica, ni intelectual- y tratando de formarme para que no me lo quiten, acá frente al computador, a veces una dispara mucho más arriba de lo que pensaba.

Buscando cosas que me ayuden a escribir sobre lo político y lo económico voy y me encuentro con esto de acá abajo.

Plis, tómense un minuto para leerlo, les aseguro que saber que alguien pensaba así, da alegría.

Yo, en esto, pienso como ella, además.

Si, por lo tanto, se encuentran en una misma línea la falta de salida en que cayó nuestro mundo y la expectativa de que se produzca un milagro, esa expectativa de algún modo nos remite fuera del ámbito político original.

Si el sentido de la política es la libertad, esto significa que nosotros, en este espacio y en cualquier otro, tenemos de hecho el derecho a la
expectativa de un milagro. No porque creamos (religiosamente) en milagros, sino porque los hombres, en cuanto pueden actuar, son capaces de realizar lo improbable y lo imprevisible, y lo realizan continuamente, aunque lo sepan o no.

Hannah Arendt: A Dignidade da Política, Editora Relume Dumará, Río de Janeiro, 1993, p. 122.

Es algo especial ver que un ser humano le enseñe a otro algo.
Háblenme después de que sólo existe el individuo y su egoísmo y no sé que ocho cuartos.
También, claro, también.

En la cabeza, adentro, asaltantes.

Si les das la oportunidad caen sobre ti.

Uno de ellos es la idea expresada en un poema por un médico afgano, que alguien de algún círculo literario de médicos decidió publicar en un librito verde oscuro que alguna vez me encontró.

Le dice en el poema a su madre que él siempre está atento a que ella no descubra como él va perdiendo alguna de las joyas que son las palabras de su lengua materna y que ella le confió.

Hoy, en clases, descubrí que no me acordaba de la palabra comillas.