Estamos en carnaval.
Vacaciones de colegio y lunes de rosas, martes de no sé que y miércoles de cenizas.
Adrián cree que yo soy capaz de disfrazarlo de lo que él quiera. Y así ha sido siempre.
Y cada año la apuesta de mi hijo es más alta.
Pero lo logro, porque en realidad Adrián ve lo que yo veo en un par de medias blancas: orejas de conejo, o en la polera café de su padre: un águila imperial. Así cada año siento curiosidad por saber que quiere y como lo voy a lograr.
Ha sido dragón, águila, conejo de pascua de resurrección, fantasma de castillo, Robin Hood y alguna cosa más que no recuerdo.
Este año es fácil, gracias a las famosas brujas que por este carnaval típico de la zona donde vivimos, abundan. Un carnaval más bien alsacio, diría yo. Tendría que mirar como le llaman y cuál era el centro desde donde se desarrollo, pero afortunadamente esto es un blog y escribo las cosas a medias si me da la gana. Me da.
Digo que Adri tiene una especie de guerra con las brujas que se especializan en chicas jóvenes y niños pequeños. Si están graciositas los agarran y los despeinan y pintan y suben al carro… ¡pobre Adri! ¡Como sufre! Las odia… ¿por qué sale entonces a la calle en día de carnaval?
El disfraz, los dulces, la música, la gente alegre por las calles, los amigos. Irresistible para el pobre.
Este año digo, decidió que será caballero andante, Ritter, y que con la armadura puesta a ver si las brujas se atreven contra su espada.
Yo le aconsejé que dejara la de Yedi en casa y llevara la de goma, pero él quiere llevar la de madera.
Ya veremos como le va y si como todos los años termina llorando, o todos en la cárcel.
Carnaval es así, nunca se sabe lo que finalmente va a pasar, ni tampoco si será divertido.

Les aseguro que con 37 segundos están listos.