En estos días me dedíco a tratar de salir de la perspectiva de que todo lo que significa desarrollo comienza, en el tercer mundo,  con el desarrollo económico y cambiarme a pensar si, no importa si primario o no, existirá un lugar que cuidemos y creémos, donde sea posible decidir lo político.

Bajo todo régimen económico los seres humanos hemos demostrado que podemos “no ser libres” y hacernos desgraciados.

No pienso definir libertad, justo porque es evidente que eso es algo que se siente, y a alguien que come a diario pero no puede expresarse en público, su sensación de falta de libertad le es tan urgente como a quien simplemente no come y es esclavo de una necesidad biológica elemental.

Pensando en cómo definir que es “lo político” y cuales son las condiciones para que se dé, pensando cuál es su importancia, pensando cómo y cuánto el ser humano a luchado por alcanzarlo me metí por el camino de mis recuerdos.

Eso que tiene que ver con la capacidad de decidir en colectivo- porque no hay otra manera de vivir juntos si no se reconoce el colectivo- cuándo fué que lo reconocí como algo que existe y  para lo que hay que ser valiente?

Y entonces me acordé de qué recuerdo tenía yo de las instituciones o estructuras que lo permitieran, lo político, en mi infancia. Recordé qué fue lo que YO aprendí en los primeros años de la escuela básica, qué me enseñaron a respetar, de qué estaban orgullosos los adultos? Cuál era su discurso y en que querían que creyeramos, en qué querían creer ellos?

Ya saben que para mi bien y para mi mal nací en democracia y crecí en dictadura. Luego me fuí a otra dimensión. El primer mundo real, no a la periferia del primermundo, sino a su centro. Digamos, donde las subvenciones agrícolas juegan un rol distinto que en la periferia primermundista. Otra experiencia.

Y así me acordé de un discurso que escuché cuando tenía 9 años y del que tengo grabada las palabras iniciales. Me han acompañado, prácticamente toda la vida. Un discurso que era un llamado de auxilio, de ahogado y lleno de esperanza. Hasta la niñita que era yo lo entendió así.

Tiene que ver con economía, y hambre, pero me asombró mucho ver que el acento eran las instituciones democráticas reales.

Pensé en el “mientan, mientan, que algo queda”, hasta en mi cabeza había quedado que la pelea había sido ideológica y extremista, que TODOS contribuímos a quebrar la democracia. Que en el fondo la democracia había terminado antes del 73.

NO, no es así, con este discurso se apuntaba a la democracia y la unidad. Ese era el acento, esa fue la fuerza y la debilidad. La enseñanza y el ejemplo.

Ante las Naciones Unidas y un par de meses antes del fin de la Democracia:

Vengo de Chile, un país pequeño, pero donde hoy cualquier ciudadano es libre de expresarse como mejor prefiera, de irrestricta tolerancia cultural, religiosa e ideológica, donde la discriminación racial no tiene cabida. Un país con una clase obrera unida en una sola organización sindical, donde el sufragio universal y secreto es el vehículo de definición de un régimen multipartidista, con un Parlamento de actividad ininterrumpida desde su creación hace 160 años, donde los tribunales de justicia son independientes del Ejecutivo, en que desde 1833 sólo una vez se ha cambiado la carta constitucional, sin que ésta prácticamente jamás haya dejado de ser aplicada. Un país donde la vida pública está organizada en instituciones civiles, que cuenta con Fuerzas Armadas de probada formación profesional y de hondo espíritu democrático. Un país de cerca de diez millones de habitantes que en una generación ha dado dos premios Nobel de Literatura, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, ambos hijos de modestos trabajadores. En mi patria, historia, tierra y hombre se funden en un gran sentimiento nacional.

Pero, Chile es también un país cuya economía retrasada ha estado sometida e inclusive enajenada a empresas capitalistas extranjeras, que ha sido conducido a un endeudamiento externo superior a los cuatro mil millones de dólares, cuyo servicio anual significa más del 30% del valor de sus exportaciones; un país con una economía extremadamente sensible ante la coyuntura externa, crónicamente estancada e inflacionaria, donde millones de personas han sido forzadas a vivir en condiciones de explotación y miseria, de cesantía abierta o disfrazada.

Y esto es lo que una no puede mandar a la mierda y lo que persigue, no es el patriotismo o la idealización que allí hay, sino el ideario democrático. Digno de ser leído a cualquier niñito de 10 años, aunque su país sea cualquier otro. Digno.