Irse a vivir juntos es una fiesta.

Cuando dos se quieren.

Yo t’hei dicho nos casimos,
vos diciendo que tal vez;
sería bueno que probimos
m’a ver eso qué tal es.

Te propongo sirviñaco,
si tus tatas dan lugar
p’a l’alzada del tabaco
vámonos a trabajar.

T’hei comprarollita nueva,
en la feria ‘e Sumalao,
es cuestión de hacer la prueba
de vivirnos amañaos.

Y si tus tatas se enteran,
ya tendrán consolación,
que todas las cosas tienen
con el tiempo la ocasión.

Y si Dios nos da un changuito
a mí no me ha de faltar
voluntad pa andar juntitos
ni valor p’a trabajar.

Te propongo como seña
pa’ saber si me querís
cuando vas a juntar leña
sílbame como perdiz.

Es que nosotras las de antes éramos románticas.

Hoy maileaba con algunas de mis amigas de la universidad en Chile.

Todas casadas y/o separadas, todas trabajando desde hace años en la carrera que yo abandoné cuando me vine.

Todas son mujeres a las que no se les puede acusar de no haber vivido.

Con más de 40 estábamos festejando por mail el habernos conocido, el haber aguantado, el haber sentido, peleado y salvado lo mejor que pudimos de nosotras, en épocas donde había que esconderse para vivir lo mejor de una misma. Y lo peor también, pa’que vamos a andar con medias cosas.

Nos conocimos en un tiempo en que no había medias tintas, y supongo que a nosotras, las que nos juntamos en una sala de la Facultad de manera ilegal, no nos importó mucho seguir con las ilegalidades en otras cosas de la vida.

Vivimos con nuestras parejas mucho antes de casarnos con ellos bajo el mismo techo y sobre una misma cama.

Tuvimos aventuras, romances, seguidas de desilusiones o grandes ilusiones, buenos y malos momentos… qué digo! Malísimos momentos.

Nos leímos “Uds. Y nosotros” de Benedetti, nos cantamos “la mujer que yo quiero” de Serrat, estábamos seguras que “El breve espacio en que no estás” de Silvio era para nosotras.

Por eso nunca se nos ocurrió que esa manera de movernos en pareja fuera superficial o mala, o ilegal y menos inmoral. Tampoco incompleta.

Aspirábamos a lo que cualquier ser humano aspira: a encontrar un compañero de ruta, un buen amor.

Algunas veces juzgamos a otra sin mirarnos al espejo, y algunas veces apoyamos a alguna sin mirar lo que estaba haciendo. Algunas crecimos, otras se quedaron por el camino.

Hubo de todo como en cualquier grupo humano.

En estos días y por ese mail se juntan a reírse, de ellas, de lo que fueron y de lo que son. A estar contentas de todavía tener ganas de verse y saber unas de otras. Se reirán de haber sido chicas malas. Y con buena suerte. ¡JE!

Allí habrá un momento para preguntarse cuantas de nosotras seguimos el famoso consejo de J.S. Nunca en la primera cita, decía ella.

Y todas la mirábamos con admiración, ¡qué fuerza de voluntad! Pensábamos. Y qué livianas de cascos que nos sentíamos el resto.

Hasta que soltó la verdad: La voluntad se la reforzaba con ¡No estar depilada y andar con sus peores calzones!!!

Qué manera de reírnos.

La vida se encargó, además de demostrarnos – a muchas- que a parte de poca voluntad, teníamos cero capacidad de vergüenza.

Como me gustaría verlas para decirles en su cara que admiro a las que llevan 25 o más años de pareja- casadas y juntadas- pero también a las que se supieron separar a tiempo, las que crían hijos con discapacidad, las que se quedaron solas y siguen buscando, a las que el diablo les dio sobrinos.

Y a las que insisten con el mismo (mal) tipo de hombres, decirles, que les tenemos confianza que un día van a aprender. Y por mientras, las seguimos aguantando. (Yo menos, que en eso no soy paciente. Perdón.)

Hoy me admira la manera de vivir que teníamos, tan experimental, con tan poco miedo a ser distintas.

Aunque debo reconocer que gran parte del secreto era que sabíamos que existían las otras, que no éramos las únicas que suspirábamos cuando alguien pedía que cantaran esta canción. No sabíamos que estábamos siendo más tradicionalistas de lo que pensábamos, simplemente era a la otra mitad de nuestra tradición a la que habíamos decidido seguir.