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… disculpen el silencio.

Estoy en plena búsqueda de mi misma.

Me perdí de vista hace como 2 meses sin darme cuenta.

No ha sido fácil ubicarme y ahora que me tengo frente a frente tampoco ha sido fácil que me escuche.

Pero como estoy en esas, porque no me pienso dejar tranquila hasta que por fin entienda lo que me vengo a decir, no he tenido tiempo de escribir por acá.

Ya volveré, también eso es parte de los temitas que me tengo preparados.

Entonces, voy converso conmigo y vuelvo.

Un beso a todo aquel que se siga perdiendo por acá, sobretodo en esta era de twitter y facebook y quien sabe qué más, mucho más rápido y burbujeante.

Lo dicho. Beso.

Una vez conté acá la alegría de encontrarme con mis amigas de la universidad de Chile.

Principalmente recordaba la contradicción entre los principios conservadores de esa época sobre nuestra vida amorosa, y por ende, sexual, y nuestra cofradía libertaria.

Les contaba como hasta hoy nos reímos de aquellos amores, de esos tiempos en donde vivir la pareja como se nos ocurriera era una forma más de darle a la dictadura.

Pero también les contaba lo terriblemente romántico de nuestra perspectiva de aquellos años.

Ah! Como queríamos ser la “mujer que yo quiero” de la canción de Serrat. Ah! Como queríamos encontrar a nuestro príncipe, sincero, solidario y compañero. Cómo queríamos ser pareja desde dentro, sin amarras desde fuera.

No necesitábamos la bendición de nadie.

Estábamos en estado de gracia, éramos jóvenes.

Y que desde fuera hubiera gente que nos hablara de la virginidad, del santo matrimonio no era más que un desafío personal para demostrarles que lo único que importaba era el amor.

Nuestro príncipe llegaría con música de Serrat de fondo, con una rosa roja y un poema de Benedetti aprendido de memoria para iniciar una relación en la que seríamos el 50%.

Sin nosotras no hay pareja y se sabría.

¿Más románticas dónde?

Hoy somos lo que somos, pero no dejamos de alegrarnos hasta la risa con llanto cuando nos acordamos de lo que fuimos.

A mi un buen chico me regaló un poema de Benedetti musicalizado. En esa época se usaba mucho regalar lo que no nos pertenecía. A los jóvenes nos pertenecía poco.

Pero Benedetti era de los nuestros.

Ojalá cada generación tenga uno que le cante como lo hizo él al amor a la solidaridad a la libertad o a lo que sea que esa sociedad necesite. Uno que acompañe, era un poeta cotidiano.

Hoy dice el diario que murió Benedetti.

Yo les regalo un poema, de él, como corresponde:

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Y ya que estamos, el himno de la época:

… mi amor, mi cómplice y todo… y en la calle codo a codo… somos mucho más que dos…

Ayer Adrián me contaba su partido de fútbol. Su equipo contra los de la ciudad del lado.

Tienen 10 años entonces los árbitro son muchas veces los padres de los mismos futbolistas.

Adri me contó con lágrimas en los ojos que iban ganando 3 a 0 cuando el árbitro decidió cobrar mano – fue como la divina, pero todo mal- la divinidad no tuvo chance con el papá-árbitro de uno de los jugador del equipo contrario.

Pero así es el mundo, lleno de adultos que son todavía niños y padres de otros que no saben que hay que proteger a todos los niños y a los nuestros darles el ejemplo.

Así que empecé solidarizando con Adri – yo había estado todo el sábado fuera trabajando y mi maridito también, así es que la mala conciencia de no haber estado para consolarlo era grande- varios de nuestro equipo lloraron cuando el partido terminó: 3 a 5 a favor del equipo del árbitro.

Pero para eso está el deporte, para pasarlo mal y que no sea terrible poh!

Yo le dije que el árbitro era un saquero y que ojalá le diera diarrea hoy por la noche. El me respondió que ojalá se cayera por la ventana del segundo piso y yo le respondí que era como mucho por un partido de Jurgol… y que con una diarrea estabamos bien.

Y ahora que la Ale me mostró una canción del Juan Luis Guerra me dí cuenta que en estos casos está ideal como himno de los picados.

Ahora mismo se la muestro al Adri.

Al margen de si la canción es buena o mala, a mi hay frases de algunas que se me quedan colgando en la memoria.

Es extraño porque se disparan en determinadas situaciones y son pedazos de un todo que puede no importar tanto como lo que me recuerda de pronto.

No son como un olor que trae un recuerdo, sino más bien un par de palabras que me abren una ventana y por la que miro una cierta perspectiva de la vida, a veces, ni siquiera propia, a veces, de la vecina.

Seguro debe ser que acompañaron algo que no reconocí sino hasta la primera vez que las escuche.

Como un i- ching particular que sale desde la radio.

Por ejemplo:

“nunca fue difícil cambiar sentimientos, ni pasiones grandes por amor pequeño…”

O esa de:

“… para estar con vos sin perder el ángel de la nostalgia…”

O:

“… no me pesa lo vivido, me mata la estupidez de enterrar un fin de siglo, distinto del que soñé…”

O, una de mis preferidas:

“… volver a ser derrepente tan frágil como un segundo, volver a sentir profundo, como un niño frente a dios…”

Da para todos los estados de ánimo y situaciones.

Con esta me río siempre como la primera vez:

“… ni ser el fantoche que va en romería con la cofradía del santo reproche…”

Juajajaja… es que ese tipo de reproches es deveras santo… pa’ uno claro.

Son como verdades en porciones chiquititas y empacadas en canciones que a veces me llega a dar vergüenza conocer por lo malas. Las canciones, no las verdades.

Esas ya se sabe:

“… nunca es triste la verdad lo que no tiene es remedio…”

Ser feliz de niña es estar en un asado y correr con un montón de otros niños por ahí.

Los adultos olvidan el tiempo y una puede correr y jugar por ahí hasta tarde, hasta caerse de sueño. Alguien te recoge y te lleva a tu cama. Mañana será otro día.

La vida entera se centraliza en torno al fuego y la carne. Hay hogar.

Los adultos están ahí, se ven, no hay que buscarlos, ni esperarlos. Los niños van y vienen.

Cuando estaba a punto de entrar en la nostalgia de la propia infancia feliz, de pronto llegó Anna y preguntó si ella también podía comer fresas del postre.

El postre lo llevé yo. Como estoy sin tiempo organicé helado de vainilla – a mesié no le gusta el chocolate, a enano no le gusta el helado y yo no soporto el de nuez… la cassata no le gusta a nadie- compré unas fresas y le agregué unas galletas italianas que se llaman “orejas” y que en mi país se conocen como palmeras. Las fresas fueron pocas y no alcanzaron más que para adorno.

Anna quería las fresas de su madre. Lamentablemente estas ya estaban prometidas a su hermano. Anna cede muchas cosas a su hermano, porque es la mayor. Anna tiene 4 y medio y un par de fresas son importantes a esa edad.

Anna estuvo a mi cuidado durante dos años. Anna, Lena y Sarah eran mi grupo de princesitas. Crecieron y también mi enano creció y a mi no me quedó otra que crecer con ellas y cerrar el grupo.

Los niños no aceptan tan fácilmente cosas de extraños, pero para Anna yo no soy una extraña. A esa edad las fresas son fundamentales y la protección del adulto conocido ni se pone en duda.

La llamé antes de que su madre repartiera las fresas por segunda vez. Anna ven, ¡yo te doy mis fresas! Se sentó en mi falda sin la más mínima duda y se las comió sin pensar en mi. Y ahí mismo se acabó mi nostalgia por la infancia.

Que alegría más grande es hacer feliz a alguien sabiendo que no me cuesta nada de nada renunciar al placer de tres frutillitas. Para mi las fresas ya no son lo que fueron. ¡Qué alegría! Mañana compro más, otro día como, ahora me tomo un espresso. Me dan lo mismo las fresas. Esa chiquitita confiada que acepta mis fresas, esa chiquitita, solo puedo cargarla y sentir el gusto de dar algo que a mi también me gusta, porque soy adulta.

Que bueno es ser adulta.