Una vez conté acá la alegría de encontrarme con mis amigas de la universidad de Chile.

Principalmente recordaba la contradicción entre los principios conservadores de esa época sobre nuestra vida amorosa, y por ende, sexual, y nuestra cofradía libertaria.

Les contaba como hasta hoy nos reímos de aquellos amores, de esos tiempos en donde vivir la pareja como se nos ocurriera era una forma más de darle a la dictadura.

Pero también les contaba lo terriblemente romántico de nuestra perspectiva de aquellos años.

Ah! Como queríamos ser la “mujer que yo quiero” de la canción de Serrat. Ah! Como queríamos encontrar a nuestro príncipe, sincero, solidario y compañero. Cómo queríamos ser pareja desde dentro, sin amarras desde fuera.

No necesitábamos la bendición de nadie.

Estábamos en estado de gracia, éramos jóvenes.

Y que desde fuera hubiera gente que nos hablara de la virginidad, del santo matrimonio no era más que un desafío personal para demostrarles que lo único que importaba era el amor.

Nuestro príncipe llegaría con música de Serrat de fondo, con una rosa roja y un poema de Benedetti aprendido de memoria para iniciar una relación en la que seríamos el 50%.

Sin nosotras no hay pareja y se sabría.

¿Más románticas dónde?

Hoy somos lo que somos, pero no dejamos de alegrarnos hasta la risa con llanto cuando nos acordamos de lo que fuimos.

A mi un buen chico me regaló un poema de Benedetti musicalizado. En esa época se usaba mucho regalar lo que no nos pertenecía. A los jóvenes nos pertenecía poco.

Pero Benedetti era de los nuestros.

Ojalá cada generación tenga uno que le cante como lo hizo él al amor a la solidaridad a la libertad o a lo que sea que esa sociedad necesite. Uno que acompañe, era un poeta cotidiano.

Hoy dice el diario que murió Benedetti.

Yo les regalo un poema, de él, como corresponde:

No te salves

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma

no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios

no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana

y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo

Y ya que estamos, el himno de la época:

… mi amor, mi cómplice y todo… y en la calle codo a codo… somos mucho más que dos…