¡Pero no! Pero… ¿Cómo pudiste?

Más que desilusionada, me miró de vuelta dolida.

–         Ese hombre me hizo sufrir mucho.

Me explicó.

Me acababa de confesar que hacía algo así como 50 o 55 años atrás le había dado la estocada final al caballero aquel.

Matchpoint para la señora. O para la señorita que ella fue alguna vez. La señorita confusa y triste que no llegaba a entender lo que había pasado otros casi 10 años antes de ese último encuentro, ese de la estocada y el matchpoint.

¿Cómo se deja de querer a alguien?

Si eso ya es un misterio, más misterioso aún nos parece cuando alguien no nos respetó ni un poquito así, de verdad respetar, respetar de tomarte en cuenta como un igual, y sólo te diste cuenta al final de largos 4 años de tu juventud.

Él se dejó acompañar sin pensar, solo sintiendo lo agradable que era no estar solo, pero cuando llegó el momento del compromiso, no fue ella la mujer con la que se casó, sino con la hija de la mejor amiga de sus padres.

Emilia ni siquiera tenía padre y quien sabe de qué vivía la madre.

Simplemente, un buen chico tendrá sus rebeldías pero al final no le da un disgusto así a su familia.

Gracia no era tan bonita, ni tan elegante como Emilia, pero su familia la conocía, la de él, eran todos amigos. Emilia solo pasó una vez por casa y sus padres ni siquiera le dirigieron una mirada. Ya se le pasará cuando sea el momento, hay que tenerle confianza, pensaron. Y así fue.

A la familia de Gracia le alcanzaba para educarla en colegio de monjas y dejarla bordando en casa a la espera del buen partido que vendría a buscarla. Ya se encargarían sus padres de encontrarlo, si no llegaba por si solo.

Las cosas como deben ser.

Lo siento chiquita, gracias por los años de tu compañía, ahora la vida real nos alcanza y me toca ponerme a trabajar en la empresa familiar. Y casarme con Gracia.

Emilia, en su barrio, dejó de ser “la novia del estudiante” para ser ” la jovencita abandonada”.

Pensé que si no fuera por lo desubicado de un comentario así de mi parte, debería pedirle que me reconociera por lo menos que le iban ese tipo de desgracias a su aire siempre un poco dramático, un poco de radio- novela. (En esos años, los de su historia, no había más que radio). Pero me callé. Eran otros tiempos y la humillación parecía que fue inmensa.

Nada de risas en abundancia, nada de llantos exagerados, pero a la hora del drama la procesión va por dentro. Supongo que así la podría definir. Si hay que sufrir, sufrimos, pero con dignidad.

¿Qué pensó Emilia cuando lo vio esa tarde en la Kermés del colegio de sus hijos? ¿Habrá sentido que era su momento? ¿Habrá tenido el plan listo desde hacía 10 años?

Emilia, alta y distinguida se había convertido en una mujer adulta, no era la chiquilla que hacía 10 años había sido. Tenía 30 años. No era ninguna jovencita perdida.

Y aunque sabía de su atractividad, se felicitó igual por haber elegido ese vestido que dejaba sus hombros redondos y suaves al aire, y esperó que él se acercara solo.

Ella sabía que él se le acercaría. Sabía.

Le preguntó si quería bailar con él, y ella le sonrió. Si, quería.

¿Qué bailaron?

¿Qué se bailaba hacia el final de los 40tas en una kermés de colegio en Santiago de Chile?

Pero estaban cerca uno del otro, y él le preguntó si se había casado. Así, sin más, se echó el lazo al cuello, pensaría Emilia.

Si, le contestó, y ese es mi marido (el hombre buenmozo, alto y de ojos pardos que nos mira sonriendo) y esos dos, son mis hijos (el mayor un chico, la siguiente una niña. Esos de pelos llenos de rulos dorados, esos que tienen mis ojos de gacela, el chico de ojos inteligentes y oscuros, la chica de los ojos azul piedra)

Y entonces se la dejó caer completa:

Yo sé que te casaste con Gracia hace años (en cuanto me dejaste). ¿Cuántos hijos tienen?

–         No tenemos hijos.

Lo siento, remató Emilia, sin sentirlo.

Cuando se acabó la música cada cuál volvió a su vida.

Ella volvió a recordar el momento 50 o 55 años más tarde, para contármelo. (¿Lo habrá olvidado alguna vez?)

Todavía no se arrepentía. Ni un poquito.