Sacando la cuenta, esta escena la leí por primera vez con 10 años. Me impresionó tanto que nunca la olvidé.

Con el paso del tiempo y la llegada de la adolescencia, supongo, llegué a entenderla mejor de lo que me habría gustado, por lo que tiene de soledad y de realidad despiadada.

Se conjuga, supongo, con el hecho de que mi madre me enseñó lo difícil que es tener amigos de verdad, porque es un trabajo, un esfuerzo, una suerte y una cosa que solo aclara el tiempo. Entonces: tiempo, aptitudes, ganas y paciencia.

Se hizo más importante, supongo, cuando me di cuenta por vivir en otro lado, lo que se agradece que no te traten como si te conocieran por ser lo que eres, extranjera, chilena, mujer, de izquierda, politóloga, etc.

Y yo trato de pagar igual, no me dejo ir con los alemanes, los hombres, los políticos… y si lo hago, me remito lo más que puedo a la utilidad de esta clasificación sin olvidarme de que es injusta y nunca acorde al ser humano que aplana. Las uso lo menos posible, que ya es mucho más de lo que quisiera.

Aunque sea necesario para eliminar una carencia social, por ejemplo, sé que la discriminación positiva, es eso, discriminación. Para mi gusto- la política es cosa de gusto- necesaria, muy necesaria, pero no justa. Se comete una injusticia para reparar otra. Un intento.

Y todo esto a partir de la escena de Hamlet, que con los años me volvió el caramillo en caramaggio (??!!?), y de una flauta a un laúd, que convirtió al interlocutor del Príncipe en el padre de Ofelia, y no, resulta que era otro, un amigo de Hamlet.

Todo esto con esta escena, porque de lo que no me olvidé nunca es de lo que significa comparar a un ser humano, por lo menos, con un instrumento, cuando se trata de respetar su derecho a ser el misterio que somos unos para otros.

Todos quieren saber que le pasa a Hamlet, pero rápido, en dos líneas. Y están seguros de poder entender de que se trata lo que le pasa, en cuanto él se los diga.

En eso somos todos iguales, nadie tiene derecho a pretender saber quienes somos mediante un par de etiquetas o preguntas con o sin nuestras respuestas. Somos más, solo por el hecho de ser personas.

La escena es así:

Hamlet le da el instrumento que lleva en las manos, un caramillo, a quien le acaba de preguntar que le pasa. Le ha pedido que se confíe a él y el príncipe por toda respuesta le pide que le toque algo con el caramillo. No puedo mi príncipe, le responde, no sé tocar ese instrumento.

“Pues ¡Ved ahora qué indigna criatura hacéis de mí! Queréis tañerme; tratáis de aparentar que conocéis mis registros; intentáis arrancarme lo más íntimo de mis secretos, pretendéis sondearme, haciendo que emita desde la nota más grave hasta la más aguda de mi diapasón; y habiendo tanta abundancia de música y tan excelente voz en este pequeño órgano, vos, sin embargo, no podéis hacerle hablar. ¡Vive Dios! ¿Pensáis que soy más fácil de tocar que un caramillo? Tomadme por el instrumento que mejor os plazca, y por mucho que me trasteéis, os aseguro que no conseguiréis sacar de mí sonido alguno.”

Hamlet, Acto III, Escena 2