Estoy acostumbrada

A no tener nunca los pies fríos en invierno.

A manejar en invierno, de vez en cuando sentir que las ruedas del auto patinan sobre la nieve y no sentir pánico. (Hasta puedo chocar con un árbol y no sentir pánico.)

A que en la mitad del verano haga calor de 32 grados e igual haya un par de días de pleno invierno. La proporción nunca se sabe cuál va a ser. Todos los veranos son un riesgo.

A que la gente no hable todo el tiempo de política, ni que se consideren enemigos acérrimos si son uno de derecha y otro de izquierda y menos que al buscar trabajo sea fundamental ser de la tendencia del jefe.

A que el nivel de vida dé espacio a tratar mejor a los animales.

A los contratos laborales tal vez cada día más temporales, pero claros y transparentes.

A la cantidad de bichos (arañas, moscas y hormigas) que hay y que se soportan por no usar pesticidas.

A que sea una cosa de honor el caminar o andar en bicicleta antes que usar el auto.

A la seguridad de un sistema de salud, y social, si no generoso, por lo menos predecible.

A vivir sin los testigos y opinantes que significan la familia.

A ser independiente en mis juicios y decisiones, aunque al final haya hecho todo, pero todo mal.

A mirar por los espejos y volver la cabeza por sobre el hombro antes de entrar en carretera o cambiar de carril. (Spiegel, Spiegel, Blinker, Kopf= espejo, espejo, señalizador, cabeza, que decía el profesor de manejo)

A las tormentas de verano! qué cosa… qué espectáculo… qué cosa más rara

A que no hayan terremotos, ni si quiera temblores.

No me acostumbro

A hablar con acento (me odio) y necesitar algún alemán que le dé un ojito al final a lo que sea que escriba.

A ser bien vista- o mal vista- pero siempre vista por ser distinta (no tengo claro distinta a quién, porque al ojo nadie sabe de dónde vengo, y si abro la boca mi acento es inidentificable. De hecho los italianos, los turcos y los griegos me saludan como si lo fuera, en su idioma.)

A que me pregunten si echo de menos mi país, y si me quiero volver

A que el calor sea húmedo y tropical, cuando hace calor.

A que me feliciten por tener un hijo bilingüe

A que se asombren que sea rubio (como mi padre y mi hermana, respondo)

A las ensaladas llenas de queso o yogur o crema o quién sabe qué pero nunca el placer de comer “verde” y ya.

¡A las salchichas con jengibre o comino pero del otro, no del nuestro!

A que las mujeres se queden en casa cuando tienen un hijo por la falta de salas cuna y jardines infantiles… y que lo encuentren “lo mejor” para los niños.

A vivir sin familia, sin su compañía, sin su presencia, sin sus opiniones metidas, sin sus experiencias y sus consejos. (Aunque no estoy tan segura en este punto…)

A que falten los niños por todos lados.

A que falten la cordillera y el mar…

A que no haya perros sueltos, ni gatos por cualquier parte, y sin embargo si se vean sus cacas.

A no encontrarme nunca con un viejo amor, un amigo del colegio o el barrio, solo con salir a caminar al centro.

Que si se sube al auto uno que aprendió a manejar al sur, considere un error el que yo vuelva la cabeza cuando manejo y entro a carretera o cambio de carril: qué se miren las estadísticas de accidentes del tránsito, y se callen que la que va manejando soy YO. (Háblame de gente dogmática!)