Toca fútbol.

Yo quería tenis porque el club queda al lado y las amigas de la época del jardín, cuando empezaron con el deporte, todas eran de tenis.
Hay que recordar que las reglas además dicen que más de 3 citas por semana después de la escuela no son permitidas, porque un poco de estar consigo mismo y en riesgo de aburrimiento es un derecho humano que como madre trato de respetarte.
La cosa es que finalmente igual fue fútbol, simplemente porque a mesié no le gusta el tenis y listo.

La otra es que un deporte tiene que ser, y desde entonces, desde el año aquel, es fútbol dos veces a la semana.
Pero cuesta en invierno.
Y cuesta también cuando no eres la estrella del equipo y cuando para dejar de ir a fútbol definitivamente, tu mamá te pide que te inscribas entonces en otro deporte y tú no eres de los que cambien nada rápidamente y menos los deportes, y ya llevas del año 5 de tu vida haciendo este deporte y no es que no te guste, es que no te mata no más, y, y… y seguimos así.

Lo peor es cuando llama tu amigo y compañero de sufrimientos él, que el único real esfuerzo que está dispuesto a hacer es el tratar de no ir al entrenamiento. Y tú lo sabes, él no ayuda dando ánimos, él más bien te quita energía. Digámoslo claro: es más re flojo que la mandíbula de arriba.

Y comienza el ritual del sábado con la llamada.

Vía su madre al teléfono, te manda decir que él no va al entrenamiento porque le duele la cabeza, y tú sabes que esa excusa en tu casa no funciona, porque la vez que dijiste que a ti también te dolía la cabeza tu mamá te contestó que lo mejor para eso era el deporte al aire libre y te mandó con más gusto a jugar al fútbol.
Y lo peor para ti es que si se lo recuerdas- que los sábados lo recuerdas cada vez que tu compadre quiere usar ese truco y le resulta- que fue capaz de mandarte a jugar en situaciones en las que otras madres reaccionan muy diferente y dejan al chico quedarse en casa. La vieja, va y te recuerda, por su parte, que fue como dijo ella y que se te quitó todo malestar ya con el airecito que tomaste desde tu casa a la puerta del auto que te lleva a la cancha. MILAGRO, te gritó al partir y hasta te agitó la mano a manera de despedida.

Además, no es tanto que no quieras entrenar, es que te da rabia que al otro le resulten todas sus excusas y a ti no te dejen pasar una.

En esa discusión de valoración de recuerdos estábamos cuando llamó tu compañero de lides, por segunda vez, y esta vez de manera personal y sin intermediaria para decirte que si iba, que su mamá y él lo habían vuelto a conversar y que mejor iba.

Santo remedio, se te olvidaron todas las penas y los reproches para con la incomprensión de tu mamá, y santa decisión de partir al entrenamiento.

Doce años y todavía te van a dejar en auto al entrenamiento, pero ese tema más vale no sacarlo a colación, en estos momentos, porque ya tu mamá te advirtió que en verano, a más tardar, sería hora que se fueran solitos y en bicicleta.

Y así se van armando los recuerdos.

No sé por qué pero creo que esta vez la que se salvó fui yo, tu mamá, porque casi quedó para siempre eso de: enfermo y todo me mandaban a entrenamiento en invierno y con nieve. Ahora en cambio la historia es la historia de las cosas que inventaba tu amigote para no ir a entrenar y de como no le resultaban.

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A menudo los hijos se nos parecen,
y así nos dan la primera satisfacción;
ésos que se menean con nuestros gestos,
echando mano a cuanto hay a su alrededor.

Esos locos bajitos que se incorporan
con los ojos abiertos de par en par,
sin respeto al horario ni a las costumbres
y a los que, por su bien, (dicen) que hay que domesticar.

Niño,
deja ya de joder con la pelota.
Niño,
que eso no se dice,
que eso no se hace,
que eso no se toca.

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,
con nuestros rencores y nuestro porvenir.
Por eso nos parece que son de goma
y que les bastan nuestros cuentos
para dormir.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas
sin saber el oficio y sin vocación.
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones
con la leche templada
y en cada canción.

Nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día
nos digan adiós.