Seguramente que si alguien habla de mí se acordará de algunas cosas y de otras no. Seguramente si alguien habla de mí hablará desde lo mucho o desde lo poco que me conozca.
Seguramente desde las dos perspectivas se podrá dar en el clavo de algunas cosas importantes de mi personalidad antes de meterse conmigo. O meterse más, o seguir metiéndose.

Lo que si va a pasar al cien por ciento es que una de las características que me van a achacar sea la de alegadora. En beneficio propio y/o ajeno.

En mi familia, donde todos gritan, especialmente las mujeres, dirán que soy gritona. En mi familia donde todos hablan con una determinación contagiosa, dirán que soy determinante, pero lo que más somos, mi familia y yo, es justicieros. Y esto de ser justicieros es lo que nos lleva al alegato.

Me acuerdo de mi misma de niña pensando, ¿por qué no contesta nadie YA a la pregunta de la maestra? Pobre tipa, contéstenle. Terminaba contestando yo, por no hacerla esperar más.

Me acuerdo de subirme al bus y enfrentarme al chofer que no quería dejarnos pagar el boleto escolar con rebaja, y me acuerdo de mí misma pidiéndole al caballero que si tenía problemas con esto, tuviera la buena voluntad de decírselo al ministro de educación o al de transportes o al innombrable directamente, que eran quienes los obligaban a ellos a subvencionarnos a nosotros. Yo sabía que ese llamado a la insurrección de los micreros, no era serio. Ni locos en tiempos de dictadura iban a decir nada a ningún ministro y sabía también que nosotros eramos los que tenían más a mano.
Me acuerdo de pagar, subir, alegar, sentarme y preguntarle a mi amiga y compañera de universidad, que venía conmigo, por qué ella no había dicho nada y que ella me contestara: „Pero si tú ya lo habías dicho todo. Y yo estoy de acuerdo.“

Y si, a veces me sentí sola en medio del alegato y me plateé seriamente rebajar los alegatos por semana.
La soledad es lo que llevaba peor de esto de ser alegadora.

En cambio los de mi familia le llamaban a eso „rabieta“. Y es cierto, lleva rabia. La rabia es permitida en la familia, como el grito y si no te conviene, siempre puedes usar el: “no grites”, o el “no te enojes” como arma demagógica, siempre habrá uno gritando o enojado, cosa de ser el primero en decirlo en la reunión familiar. Llorar es feo, son llorones, pero no todos, solo algunos lo somos: mi padre, mi sobrino menor, mi nieto (bueno ya: sobrino nieto), yo y mi hijo. Casi mandan a Adrián al sicólogo por llorón. Lo que me faltaba.

Pero rabia hay en mis alegatos, no lo niego. Rabia de que las cosas sean como son, de que los otros acepten y de que nadie diga nada. Como esto me lo repitió mi hermana, que es ejemplo de rabieta donde los haya pero que es 20 años mayor y por eso las disimula mejor, me lo pensé seriamente: reducir el número de rabietas por semana. Y llorar más, seguro, que las emociones de salir salen.

Lo único que me hacía dudar era que otra de mis características es el optimismo y la alegría de vivir. Mis alegatos no son llorones. No me da.
De hecho, si alguna vez he estado deprimida, por ejemplo cuando mi padre murió de cáncer después de años de postración, nadie lo notó. Y como la depre es algo medible en la sangre, voto porque seguro yo estuve más enojada y alegadora que nunca en aquellos años, pero no deprimida.

Soy activa. Lenta, pero activa. No me quedo pegada. No es mérito mío, porque yo no lo he aprendido, yo soy así: así funciona mi cerebro. Genética, supongo, metabolismo cerebral, será.

Soy sentimental y puedo ser pasional -menos- soy muy impulsiva – con buen control aprendido pero no suficientemente constante, pero impulsiva- pero no soy depresiva.
Además, no soy agresiva. Soy demasiado cobarde para serlo. Entonces, no estaba segura con el diagnóstico de rabieta.

Hasta que un día haciendo análisis, me dí cuenta que en realidad mi capacidad de no aceptar ciertas cosas es lo mejor que mi corazón puede ofrecer y que mejor tenía cuidado al declararle la guerra a este lado de mi psiquis.
La verdad sea dicha, en una de esas podría aumentar el repertorio de respuestas a los estímulos y que no todo desatara alegato, pero que el no reaccionar a las cosas, eso era lo peor, y que a veces, los alegatos, cargados o no de rabia, eran la más sana de las respuestas posibles.

Preferible eso a la apatía, preferible eso a la costumbre, al aceptar como normal lo que no lo es. Ni lo será. Preferible eso a la falta de solidaridad, al no ver al otro ser humano al lado nuestro.

Desde entonces me miro con mejores ojos y me llevo mejor conmigo misma y mis alegatos, y me enojo menos y, eso si, alego igual.
Alegona seguiré siendo, es lo mejor que puedo ofrecer de mi, así los demás se suben al bus tranquilos y se sientan sin decirle ni pío al conductor, que yo ya se lo habré dicho todo.

Como dice Silvio:

O como dicen en esta otra: