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Aromos

Paseando hace años
Por una calle de aromos en flor
Supe por un amigo bien informado
Que acabas de contraer matrimonio.
Contesté que por cierto
Que yo nada tenía que ver en el asunto.
Pero a pesar de que nunca te amé
-Eso lo sabes tú mejor que yo-
Cada vez que florecen los aromos
-Imagínate tú-
Siento la misma cosa que sentí
Cuando me dispararon a boca de jarro
La noticia bastante desoladora
De que te habías casado con otro.

(1958 Nicanor Parra)

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Toca fútbol.

Yo quería tenis porque el club queda al lado y las amigas de la época del jardín, cuando empezaron con el deporte, todas eran de tenis.
Hay que recordar que las reglas además dicen que más de 3 citas por semana después de la escuela no son permitidas, porque un poco de estar consigo mismo y en riesgo de aburrimiento es un derecho humano que como madre trato de respetarte.
La cosa es que finalmente igual fue fútbol, simplemente porque a mesié no le gusta el tenis y listo.

La otra es que un deporte tiene que ser, y desde entonces, desde el año aquel, es fútbol dos veces a la semana.
Pero cuesta en invierno.
Y cuesta también cuando no eres la estrella del equipo y cuando para dejar de ir a fútbol definitivamente, tu mamá te pide que te inscribas entonces en otro deporte y tú no eres de los que cambien nada rápidamente y menos los deportes, y ya llevas del año 5 de tu vida haciendo este deporte y no es que no te guste, es que no te mata no más, y, y… y seguimos así.

Lo peor es cuando llama tu amigo y compañero de sufrimientos él, que el único real esfuerzo que está dispuesto a hacer es el tratar de no ir al entrenamiento. Y tú lo sabes, él no ayuda dando ánimos, él más bien te quita energía. Digámoslo claro: es más re flojo que la mandíbula de arriba.

Y comienza el ritual del sábado con la llamada.

Vía su madre al teléfono, te manda decir que él no va al entrenamiento porque le duele la cabeza, y tú sabes que esa excusa en tu casa no funciona, porque la vez que dijiste que a ti también te dolía la cabeza tu mamá te contestó que lo mejor para eso era el deporte al aire libre y te mandó con más gusto a jugar al fútbol.
Y lo peor para ti es que si se lo recuerdas- que los sábados lo recuerdas cada vez que tu compadre quiere usar ese truco y le resulta- que fue capaz de mandarte a jugar en situaciones en las que otras madres reaccionan muy diferente y dejan al chico quedarse en casa. La vieja, va y te recuerda, por su parte, que fue como dijo ella y que se te quitó todo malestar ya con el airecito que tomaste desde tu casa a la puerta del auto que te lleva a la cancha. MILAGRO, te gritó al partir y hasta te agitó la mano a manera de despedida.

Además, no es tanto que no quieras entrenar, es que te da rabia que al otro le resulten todas sus excusas y a ti no te dejen pasar una.

En esa discusión de valoración de recuerdos estábamos cuando llamó tu compañero de lides, por segunda vez, y esta vez de manera personal y sin intermediaria para decirte que si iba, que su mamá y él lo habían vuelto a conversar y que mejor iba.

Santo remedio, se te olvidaron todas las penas y los reproches para con la incomprensión de tu mamá, y santa decisión de partir al entrenamiento.

Doce años y todavía te van a dejar en auto al entrenamiento, pero ese tema más vale no sacarlo a colación, en estos momentos, porque ya tu mamá te advirtió que en verano, a más tardar, sería hora que se fueran solitos y en bicicleta.

Y así se van armando los recuerdos.

No sé por qué pero creo que esta vez la que se salvó fui yo, tu mamá, porque casi quedó para siempre eso de: enfermo y todo me mandaban a entrenamiento en invierno y con nieve. Ahora en cambio la historia es la historia de las cosas que inventaba tu amigote para no ir a entrenar y de como no le resultaban.

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Y si una se queja es porque hay que moverse en alguna dirección.
Digo, porque está muy bien describir y mirar y analizar y darle a un tema, pero en algún punto y para alguna parte hay que partir y para algún lado.
Yo y mi manía de querer entender. Yo y mi manía de buscarle el cuesco a la breva. Yo y mi manía de creer que mirar la realidad y nombrarla, es etapa uno de algo que no sé a donde va. Cuál es etapa dos?

Fui a comprarle calzoncillos al Adri que crece sólo para arriba y yo siempre atrasada con la novedad. No es fácil, porque para los lados no crece y ya llegó el momento de respetarle, aún más, que no se quiera mostrar con cosas que le quedan como poncho. A los niños hay que escucharlos, acompañarlos y dejarlos que decidan ellos cuáles van a ser sus peleas. Me digo. A veces nuestras luchas no son las de ellos. Hay que aprender a renunciar pedirles que inviertan energías en cosas que no son sus peleas. Y apoyarlos en las que si lo son.
El flaco es perfecto, se lo tengo dicho, pero el flaco está hasta el mote con que la ropa le quede ancha, no quiere ser el rarito del curso. Los calzoncillos deben ser blancos, me dijo. Nada de autitos, ni esas cosas, aunque sean los más económicos y los mejores del mercado el los quiere blancos.
No es fácil, me demoro buscando.

Y en eso aparece una mujer en la misma, buscando, pero con niñita. Estamos todavía en la sección de niños. Hasta el metro y 70 cm vamos a seguir aquí.
Es un almacén grande y con nivel.

Ella y yo absortas en la búsqueda de la ropa interior de niños.

La niña viene y va. Tendrá 10 o algo así.

En una de sus vueltas le pregunta: „Mamá por qué no hay hombres vendedores acá? Todas son mujeres.“

La madre no se detiene, sigue buscando entre las camisetas, le contesta al paso: „Será que las mujeres son mejores con las cosas de niños…“

Yo la escucho y lo pienso. Quién será la primera/o en decirle la verdad? Cuál es la verdad, verdadera en este primer mundo? Es necesario decirlo?

Yo conozco esa casa de ventas desde hace 22 años. Conozco al personal, sé quién es quién.
Las estadísticas también las conozco y de vivir, he vivido.

No me callo y aparezco desde detrás de los calzoncillos: „No hay hombres porque las vendedoras no están bien pagadas, no se mantiene una familia con sueldo de vendedora. Y si, si hay un vendedor aquí, pero él es el jefe de las vendedoras.“

A ver que dice mi colega, pienso, ya cerrando el pico.
Mi colega, se queda pensando y me dice con una camiseta en la mano: „si… cierto… pero también nos consideran mejores para los niños… no?“ Con tono de disculpa y oferta.

„Si, claro“, le contesto,“pero si su hija quiere ser vendedora, que por lo menos aspire a jefa.“

„Cierto, eso es verdad.“

En eso quedamos.

Nuestros hijos son nuestras mejores poesías, son un canto personal a la vida, y así habría que tratarlos.
Que tengas suerte chiquita! Te lo deseo de todo corazón.

Sacando la cuenta, esta escena la leí por primera vez con 10 años. Me impresionó tanto que nunca la olvidé.

Con el paso del tiempo y la llegada de la adolescencia, supongo, llegué a entenderla mejor de lo que me habría gustado, por lo que tiene de soledad y de realidad despiadada.

Se conjuga, supongo, con el hecho de que mi madre me enseñó lo difícil que es tener amigos de verdad, porque es un trabajo, un esfuerzo, una suerte y una cosa que solo aclara el tiempo. Entonces: tiempo, aptitudes, ganas y paciencia.

Se hizo más importante, supongo, cuando me di cuenta por vivir en otro lado, lo que se agradece que no te traten como si te conocieran por ser lo que eres, extranjera, chilena, mujer, de izquierda, politóloga, etc.

Y yo trato de pagar igual, no me dejo ir con los alemanes, los hombres, los políticos… y si lo hago, me remito lo más que puedo a la utilidad de esta clasificación sin olvidarme de que es injusta y nunca acorde al ser humano que aplana. Las uso lo menos posible, que ya es mucho más de lo que quisiera.

Aunque sea necesario para eliminar una carencia social, por ejemplo, sé que la discriminación positiva, es eso, discriminación. Para mi gusto- la política es cosa de gusto- necesaria, muy necesaria, pero no justa. Se comete una injusticia para reparar otra. Un intento.

Y todo esto a partir de la escena de Hamlet, que con los años me volvió el caramillo en caramaggio (??!!?), y de una flauta a un laúd, que convirtió al interlocutor del Príncipe en el padre de Ofelia, y no, resulta que era otro, un amigo de Hamlet.

Todo esto con esta escena, porque de lo que no me olvidé nunca es de lo que significa comparar a un ser humano, por lo menos, con un instrumento, cuando se trata de respetar su derecho a ser el misterio que somos unos para otros.

Todos quieren saber que le pasa a Hamlet, pero rápido, en dos líneas. Y están seguros de poder entender de que se trata lo que le pasa, en cuanto él se los diga.

En eso somos todos iguales, nadie tiene derecho a pretender saber quienes somos mediante un par de etiquetas o preguntas con o sin nuestras respuestas. Somos más, solo por el hecho de ser personas.

La escena es así:

Hamlet le da el instrumento que lleva en las manos, un caramillo, a quien le acaba de preguntar que le pasa. Le ha pedido que se confíe a él y el príncipe por toda respuesta le pide que le toque algo con el caramillo. No puedo mi príncipe, le responde, no sé tocar ese instrumento.

“Pues ¡Ved ahora qué indigna criatura hacéis de mí! Queréis tañerme; tratáis de aparentar que conocéis mis registros; intentáis arrancarme lo más íntimo de mis secretos, pretendéis sondearme, haciendo que emita desde la nota más grave hasta la más aguda de mi diapasón; y habiendo tanta abundancia de música y tan excelente voz en este pequeño órgano, vos, sin embargo, no podéis hacerle hablar. ¡Vive Dios! ¿Pensáis que soy más fácil de tocar que un caramillo? Tomadme por el instrumento que mejor os plazca, y por mucho que me trasteéis, os aseguro que no conseguiréis sacar de mí sonido alguno.”

Hamlet, Acto III, Escena 2

En 1949 mi mamá tenía ya 30 años, cuando le concedieron el derecho a voto.

Y mi abuela?

Sé que votó por Alesandri el 52. Que pelotuda la vieja! Pero estaba, por fin, en su derecho.

Mi mamá no me dijo que no tenía derechos ciudadanos completos cuando nació. Y mi hermana tampoco los tenía.

No me dijo que nació sin derecho a tener derechos ciudadanos completos. No me contó que se siente no tener derecho a elegir representante, ni a dejarse elegir para representar a otros.

Hasta yo que nunca voté, porque nadie podía votar- era dictadura- me siento distintA, igualadA en mi carencia de derechos y en mi capacidad de exigirlos, con los otrOs. Yo sabía que tenía derecho a pedirlos, igual que cualquier otrO.

Claro que sabía que a mi me pegarían menos los pacos en la calle cuando saliera a pedirlos, y no precisamente por favor.

Justo por eso, porque los hombres podían morir por la patria, se argumentaba que solo ellos tenían derecho a votar. La mujer no protegía, solo paría. Y eso argumentaron ellas: nosotros parimos los guerreros. Y si, al final las dejaron. Dice la profesora. Mi mamá no dijo nada.

No sé si ella estaba orgullosa de las que lo consiguieron para todas. Yo creo que si, porque en eso ella era una persona con mucho olfato. No vale decirle “envidiosa”, no lo era,  ella se olía la discriminación y ya podías decirle lo que fuera, ella sabía que pedía lo justo no más. Ser pobre, ser mujer, no era razón para hacerle creer que ella no debía soñar.

Lo que si me contaba -con desprecio- era la historia de una mujer de alcurnia con la que se topó y que acusaba a su hija de “malas juntas”, las que al final terminarían metiéndole en la cabeza el querer estudiar. Decía.

En el año 29 las mujeres bien, las decentes, no votaban y no estudiaban, se casaban bien y era el marido  quien velaba por su bienestar, y era su representante, este marido, en todas partes. Como antes su padre.

Pero del derecho a voto no dijo nada, mi mamá… de las mujeres del MEMCH, del movimiento de mujeres que lo ganó para ellas, no dijo nada.

Y si dijo tanto de otras cosas por qué de eso no se acordó?

Hasta de por quién votó mi abuela, se acordaba y no de que era vieja y revieja la abuela, la primera vez que votó.

Mi madre era una mujer progresista, eso no cabe duda, pero como mujer, no sabía que podía contar una historia, no sabía que yo podría así también contar una historia a mi hijo ahora, si ella me la hubiera contado a mi.

Adrián pregunta por qué no podían votar las mujeres, pregunta por qué … no sé porque.

La Oma no era dueña de la casa en la que vivía. Cómo? Por qué? Cómo se podía en Alemania votar, pero no tener derechos de propiedad? Y además, hasta fnales de los 60tas inicios de los 70tas, solo podían trabajar las mujeres si el marido lo autorizaba.

Me lo contó la profesora de Cs. Políticas.

La Oma solo estaba resentida con su marido, lo otro no me lo contó. La Oma tiene 93 y si, quería también ella ser propietaria, le dolía no serlo.

No entiendo.

La historia de las mujeres y su derecho a tener derechos, no la conozco.

Un día me gustaría poder contarle a Adrián como fue, como es.

Igual que le puedo contar como formamos el primer centro de alumnos elegido democráticamente en la Universidad, y bajo represión. Que orgullo haber estado.

Y las viejas, no sintieron orgullo? aunque fuera ajenO.

La historia es la historia.

Me dió por aquí al leer este reportaje.  Se los recomiendo.

las algueras de Pichilemu

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